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Música Clásica y ópera de Classissima

Herbert von Karajan

jueves 25 de agosto de 2016


Ya nos queda un día menos

20 de agosto

Barenboim y las Sinfonías de Mozart en el Maestranza

Ya nos queda un día menosUna introducción lenta, solemne, impregnada de atmósfera ominosa y con un silencio de poderosísima fuerza expresiva, muy en la línea de lo que hacía Furtwaengler con la escena del Comendador en Don Giovanni, ya dejaba bien claro en el terreno en el que se mueve Barenboim: el de la hipersubjetividad musical, entendiendo esto no como la decisión de ignorar lo que dice la partitura, sino la de entender la dirección de orquesta poniendo como base no necesariamente lo que sabemos sobre el compositor, sobre sus presuntas intenciones o lo sobre la praxis de la época, sino la pura sensibilidad personal del intérprete, su visión del arte, del ser humano e incluso de la existencia, a veces incluso el estado de ánimo en un momento concreto, pero haciéndolo a partir de las posibilidades que esconden las notas y poniendo de relieve cosas que se escondían en ellas y que, al salir a la luz, nos descubren cuánta genialidad hay en las grandes creaciones de la historia de la música. Es el arte de Furt y de su dolor intenso, ciertamente, pero también del antirromanticismo combativo y lleno de mala leche de un Klemperer, del humanismo conmovedor de un Giulini o del goce dionisíaco de un Bernstein, por citar a los que quizá sean los más grandes directores en esta línea. El intérprete como (re)creador mucho antes que el intérprete como traductor –estoy pensando ahora en un Kubelik, un Karajan o un Solti, enormes maestros que poco tienen que ver con lo que estoy intentando explicar–, y en el extremo opuesto del intérprete como arqueólogo, el que confunde la letra con el espíritu y da primacía a cuestiones sobre organología y articulación aun con el riesgo de ser incapaz de poner de relieve lo que realmente hace grande a las mejores creaciones de la música, que no es otra que la capacidad para decir cosas sobre el ser humano, para reflexionar sobre las mismas y, por descontado, para emocionarnos con ellas. Introducción gótica y cargada de malos presagios, decía, la de esta Sinfonía nº 39 de Mozart que abrió la nueva aparición de Daniel Barenboim y la West-Eastern Divan Orchestra el pasado jueves 18 de agosto en el Teatro de la Maestranza, en un concierto que discurrió de manera bastante similar al que ofreciera el pasado 28 de octubre en Granada. A lo que escribí entonces en este blog me remito, aunque no voy a dejar de señalar algunas significativas diferencias. El Allegro estuvo llevado de la misma manera admirable que entonces, con empuje y con decisión, marcando músculo en la sonoridad pero sin el menor rastro de pesadez y atendiendo siempre a la claridad de todas las líneas instrumentales. El Andante con moto de Granada me había decepcionado: la considerable lentitud con que lo aborda, lentitud que él encuentra necesaria para generar grandes arcos melódicos llenos de hondura humanística, condujo entonces a una pérdida de pulso con la que quizá tuvo que ver una cuerda que no sonó con la tersura y empaste deseables. En Sevilla la orquesta funcionó mucho mejor –con el enorme Guy Braunstein de concertino y Madeleine Carruzzo, también de la Filarmónica de Berlín, escondida entre los músicos de Oriente– y no hubo, ni aquí ni en ningún momento del concierto, la menor caída de tensión. El resultado fue de una belleza estremecedora, siempre desde la óptica del Mozart que el maestro hace en estos días; es decir, y como expliqué en la discografía comparada, mezclando el dramatismo de su registro discográfico de hace cuarenta y ocho años con ese particular sentido de lo cálido, de lo luminoso e incluso de lo risueño que el maestro ha venido desarrollando en fechas más recientes. En el Menuetto me sigue interesando muchísimo cómo hacen las cosas los historicistas, con tempi más rápidos y marcando de manera clara el tiempo fuerte del compás, pero esta vez se ha apreciado de manera notable el deseo del de Buenos Aires de agilizar las cosas y de aportar ese toque rústico y ese particular sentido del humor un poco rústico que tan bien le sienta a esta música. El Allegro conclusivo ha sido espléndido, aunque aquí me resulta difícil olvidar el milagro de Solti –pura electricidad– en este movimiento. La Sinfonía nº 40 no me recordó a la locura, genial locura, de su toma radiofónica con la Filarmónica de Viena, sino a la de Granada. Escribí entonces que la del Auditorio Manuel de Falla fue la más grande de cuentas he escuchado –Furtwaengler, Kubelik, Böhm y cuantos ustedes quieran incluidos–. Lo sigue siendo, aunque esta del Maestranza ha sido bastante similar. Me vuelvo a remitir a lo que escribí en aquella ocasión, añadiendo que esta vez el Molto Allegro me ha parecido menos bien hilado mientras que, por el contrario, el Andante todavía ha alcanzado mayores cotas de emotividad, de vuelo lírico y de carácter agónico: la tragedia interna de Mozart, revestida siempre de la más extraordinaria belleza formal, adquiere con el maestro una profundidad incomparable. Probablemente también ha sido mejor en Sevilla el Menuetto, con una cuerda grave poderosa y un tratamiento de la expresión que dejaron más claro que nunca qué hace esta música metida en medio de una partitura tan dramática como esta KV 550. Hubo aquí, como en el resto de la velada, mucha inventiva por parte de un músico siempre dispuesto a que cada interpretación sea una experiencia única e irrepetible. Ángel Carrascosa estaba sentado a mi lado, y él y yo estuvimos todo el tiempo intercambiando señales advirtiéndonos mutuamente las múltiples acentuaciones nuevas, de las líneas sacadas a la luz (¡qué violas, cielo santo!) y los detalles que aquí y allá nos revelaban las múltiples posibilidades que, en manos de un genio de la interpretación, aún albergan partituras como esta. En cuanto a la Júpiter, pienso que su primer movimiento tan lleno de empuje podía haber estado un poco más paladeado, e incluso haber revestido su carácter dionisíaco con los aspectos aponíneos que convirtieron la grabación del propio Barenboim con la Orquesta de París –aún no en CD, dicho sea de paso– en un hito discográfico irrepetible. En el Andante cantabile sigue sin convencerme que haga uso de la sordina, si bien la manera de cantar la música, con un legato para derretirse y muchísima atención a los aspectos más lacerantes de la música, elevaron la interpretación a unas cotas de altísima poesía. Irreprochable el Menuetto, y sencillamente excepcional el portentoso movimiento conclusivo, trazado con un magisterio incomparable y dicho con una energía más jupiterina que nunca, redondeando así uno de los más grandes conciertos de la historia del Maestranza. El público así lo supo ver, aunque no quienes presuntamente andan mejor informados. Sobre ello y sobre las múltiples razones que explican el rechazo visceral de algunos críticos sevillanos hacia Barenboim, escribiré dentro de unos días. Ahora me toca disfrutar de la playa. Hasta entonces. PD: la foto se la he robado a un amigo de Instagram. ¡Gracias!

Ya nos queda un día menos

16 de agosto

Sinfonía nº 39 de Mozart: discografía comparada

Actualización – 16 de agosto de 2016 Esta entrada se publicó originalmente el 26 de octubre de 2015. Entonces decidí centrarme en interpretaciones más o  menos recientes, lo que dejó fuera una buena cantidad de importantes recreaciones de tiempos pasados. He intentado subsanar ahora la ausencia incluyendo comentarios sobre los registros de Furtwaengler, Britten, Fricsay, Böhm'79, Solti, Tate, Davis'81 y Levine. Además he añadido una filmación manifiestamente corsaria de Barenboim y la WEDO que tuvo lugar hace tan solo unos días; soy consciente de la problemática calidad audiovisual, pero tengo entendido que hubo grabación oficial y confío en que esta se comercialice. En total, he subido de 26 a 36 reseñas, con lo que creo que un amplio espectro de posibilidades interpretativas queda cubierto. El texto anterior queda casi por completo como estaba, salvo el comentario a la filmación de Böhm realizada en 1969. He vuelto a escucharla, como también el registro del maestro en Berlín, y he decidido subir la nota un punto, realizando algunas modificaciones en la reseña. Lo cierto es que entre este registro y el de la Berliner Philharmoniker no hay gran diferencia: a los dos les pondría en torno al 8'5, pero como encuentro una ligera diferencia a favor del realizado en Viena, he preferido distinguir la nota. ____________________________________ La presencia de Barenboim esta semana en Andalucía para interpretar al frente de la WEDO las tres últimas sinfonías de Mozart –tengo entrada para el concierto de Granada de este miércoles– me anima a improvisar esta discografía de la Sinfonía nº 39 aun siendo consciente de que faltan algunas importantes referencias interpretativas. Quede así, en cualquier caso, a la espera de que en un futuro pueda completar la lista. Una cosa antes de empezar: cada día me gustan más los instrumentos originales en Mozart y cada día me interesan en mayor medida las propuestas interpretativas renovadoras, pero también tengo cada vez más claro que resulta un error dividir las interpretaciones entre las que hacen uso de instrumentos originales y las que no, pues aun siendo cierto que las decisiones organológicas por fuerza influyen en los aspectos expresivos, lo importantes es distinguir qué idea, qué concepto de la música es el que pretende transmitir el director de turno. Por eso mismo, igual que evidencia un profundo despiste meter en el mismo saco el Mozart de un Klemperer, un Karajan y un Kubelik –alguien hablará de densidades germánicas y todo eso–, no resulta menos ridículo colocar juntos a un Pinnock, un Harnoncourt o un Herreweghe, tan diferentes entre sí por mucho que los tres hagan uso de instrumentos originales y una articulación alejada de la tradición. 1. Furtwaengler/Filarmónica de Berlín (Membran, 1944). Tal como arranca la obra se nos aparece el Comendador. Toda la introducción resulta agónica, por momentos visionaria, impregnada de una atmósfera ominosa que continúa recordando, más que con ningún otro director, a la penúltima escena de Don Giovanni. Arrollador, lleno de furia –pero furia admirablemente controlada– el Allegro que se abre a continuación. Lacerante, sin dejar de estar cantado de manera admirable, el Andante con moto, acumulando fuerza hasta descargar (¡genial tratamiento de los acordes conclusivos!) toda la tensión en el último compás. Hay fuerza y garra en el Menuetto, pero por desgracia las líneas de las maderas del trío no están bien delineadas. La vehemencia cargada de sentido trágico vuelve en el Finale. Nada de esto debe extrañar: estamos en 1944 y Furt, el Furt “de guerra”, dirige desde el dolor y para el dolor. Otro mundo. (9)  2. Erich Kleiber/Sinfónica de la Radio de Colonia (Decca, 1956). Tras una introducción teatral y con mucha fuerza se desarrolla una lectura ágil, con garra, en absoluto pesada pero por completo alejada de la trivialidad, a la que por desgracia le faltan encanto, sensualidad y aliento lírico. Por eso mismo funcionan magníficamente los movimientos extremos, un poco menos el muy rústico tercero y nada el segundo, cuyo dramatismo, que sí está atendido, no adquiere el carácter punzante y profundo que debe. La toma sonora evidencia su edad. (7) 3. Walter/Sinfónica de Columbia (Sony, 1960). Una introducción poderosa que muestra un extraordinario dominio de la agógica ya evidencia que nos encontramos ante una interpretación comprometida que sabe aunar equilibrio, elegancia cálida –no distante y marmórea, como le pasará a Böhm– y un fuerte sentido dramático, audible sobre todo en el primer movimiento. El segundo está impregnado de patetismo, pero más desmayado que rebelde. Admirable el tercero, rústico y poderoso al mismo tiempo, con un trío lleno de delicia. Irreprochable el final, igual de bien desmenuzado que el resto de la sinfonía. (9) 4. Szell/Orquesta de Cleveland (Sony, 1960). A sus sesenta y dos años y sacando excelente partido de su espléndida orquesta norteamericana, el maestro húngaro ofrece un Mozart objetivo, musical, denso en lo sonoro mas no pesante, sereno antes que dramático sin estar exento de tensión interna ni de claroscuros, convenciendo sobre todo en un primer movimiento de gran fuerza expresiva y pinchando en un Andante con moto un tanto falto de carácter. El trío del Menuetto resulta delicioso, aunque en líneas generales, como es habitual en George Szell, se echa de menos un punto de sal y pimienta en esta interpretación. Buena mas no excepcional toma sonora en SACD. (8) 5. Fricsay/Sinfónica de Viena (DG-Karusell, 1960). También de Budapest pero diecisiete años más joven que Szell, el malogrado maestro ofrece una interpretación delineada de manera modélica, con las maderas siempre muy presentes, que sobresale por un primer movimiento sencillamente soberbio, lleno de fuerza y convicción, como también de agilidad pese al músculo considerable con que hace sonar a la formación vienesa. El Andante con moto está cantado de manera admirable y no es ajeno a la carga trágica de la partitura, si bien puede resultar un poco más pesante de la cuenta. Magnífico a todas luces el Menuetto, tradicional en su concepto mas no en exceso robusto, con un trio que es una verdadera delicia; muy bien el Allegro conclusivo, pero solo eso. La toma evidencia su edad. (9) 6. Klemperer/Philharmonia Orchestra (EMI, 1962). Una introducción particularmente lenta y solemne parece anunciar que el anciano maestro de Breslau va a optar por una extrema severidad granítica en la que la dilatación de los tempi y la densidad sonora van a convertirse en protagonistas. Pero no: en seguida el Allegro ofrece, siguiendo un tempo bastante rápido para tratarse de quien se trata, una buena dosis de agilidad, de dinamismo y de tensión sonora, aunque por descontado el rigor se imponga y no haya lugar para la flexibilidad ni para salirse de la más estudiada arquitectura. El Andante con moto sí que es lento, pero la tensión está perfectamente sostenida al tiempo que se despliega el mayor pathos posible; eso sí, aquí el humanismo mozartiano es sustituido por la más sesuda reflexión filosófica y, por ende, las sombras se impongan frente a las luces. No menos severo el Menuetto, aunque en el trío se asoma el peculiar humor socarrón klemperiano. En Finale, para terminar, sobresale por ofrecer –en realidad, como en toda la interpretación– una claridad absoluta en la polifonía, algo en lo que ningún otro director se acerca a Klemperer, lo que no deja de asombrar dado lo nutrido de las fuerzas –la fabulosa Philharmonia de sus mejores tiempos– que tiene a su disposición. Aunque solo fuera por escuchar con claridad todas y cada una de las notas escritas por Mozart en esta partitura, ya esta grabación resulta imprescindible. Muy buen sonido en SACD. (9) 7. Britten/English Chamber Orchestra (Decca, 1962). Apartándose de manera considerable de la sonoridad de los Böhm, Szell, Kleperer o Fricsay, el autor de Peter Grimes consigue la cuadratura del círculo al ofrecer una versión de agilidad máxima, rápida en los tempi y efervescente –pero en absoluto nerviosa– en el fraseo, que al mismo tiempo está sostenida por una tremenda tensión interna y atiende en no pequeña medida a los aspectos dramáticos de la página, sin descuidar aspectos como la elegancia, la frescura e incluso el sentido del humor. Se anticipa en buena medida a lo que más tarde hará Barenboim con la misma orquesta, que aquí está espléndida y se encuentra tratada con esa mezcla de músculo y transparencia que tan bien le sienta a este repertorio. Lástima que la toma, procedente de los archivos de la BBC, sea monofónica y de calidad muy desigual. (9)      8. Böhm/Filarmónica de Berlín (DG, 1966). Interpretación robusta, poderosa, muy musculada pero también de apreciable claridad, trazo decidido y energía bien controlada, que apuesta por subrayar los aspectos más severos, hondos y dramáticos –muy atmosférica la introducción– de la página mozartiana, lo que también significa que resulta un tanto unilateral en su concepto y algo más pesante de la cuenta. Aun así, el trío del Menuetto es una verdadera delicia, logrando el maestro de Graz que las maderas de la orquesta de Karajan –tremenda su cuerda grave, bien puesta de relieve en la edición de HD Audio– fraseen con una cantabilidad y un encanto irresistibles. (8) 9. Barenboim/English Chamber (EMI, 1968). Una lectura viril, sobria y de enorme tensión interna, no oscura ni desgarrada pero sí dotada de un fuerte sentido dramático. La arquitectura es excelente, la claridad muy notable, no hay pesadez alguna –orquesta de tamaño reducido para lo que entonces se llevaba en este repertorio– y sólo de echa de menos un poco más de chispa en algún momento para enriquecer el concepto, como siempre en Barenboim escorado a lo dramático y ajeno al encanto. Con el tiempo las cosas van a cambiar para el maestro. (9) 10. Böhm/Sinfónica de Viena (DG DVD, 1969). Han pasado solo tres años desde su grabación en audio y Böhm, aún no el Böhm más genial posible –el gran giro en su carrera llegaría poco después– vuelve a ofrecer una interpretación de gran nivel, soberbiamente trazada y de exquisito gusto dentro de la línea clásica y sobria que le caracteriza, pero de nuevo algo escasa de chispa y de creatividad, pese a que el Andante con moto está llevado con buen pulso y a que el trío del Menuetto se encuentra lleno de encanto. Eso sí, la sustitución de la Berliner Philharmoniker por la Sinfónica –no Filarmónica– de Viena hace que los resultados sean menos pesantes y más luminosos, lo que termina situando esta nueva lectura del maestro algo por encima de la anterior. Lástima que tanto la colocación de la plantilla, que filmó la interpretación en estudio, como la toma sonora realizada por los ingenieros de Unitel, resulten extrañas y disten de convencer. (9) 11. Krips/Concertgebouw (Philips, 1972-73). Naturalidad, elegancia, exquisito gusto y una extraordinaria fluidez en el fraseo son las grandes bazas, junto con la soberbia calidad de la orquesta holandesa, de esta interpretación que, pese a su alto nivel, no termina de ser del todo convincente. Probablemente el maestro acierta al restarle al Andante con moto la excesiva lentitud y densidad sonoras con que a veces se aborda, pero también es cierto que por el camino pierde algo de hondura y, sobre todo, de garra dramática. El Menuetto resulta un punto soso, mientras que en los movimientos extremos, siendo francamente buenos, cosas mejores se han escuchado. (8)  12. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1975). Aunque quede bien patente su obsesión por la suntuosidad, por la belleza sonora y por los contrastes dinámicos –opulenta a más no poder la sonoridad de la formación alemana, siempre con la cuerda grave bien presente–, lo cierto es que Karajan nos da aquí una gratísima sorpresa al no buscar esos objetivos en sí mismos, para por el contrario ponerlos al servicio de una idea interpretativa rica, coherente y dicha con tanta convicción como entusiasmo en la que la gravedad y la potencia expresiva de la lectura de Karl Böhm con la misma orquesta se enriquece con una buena dosis de animación, de sensualidad, de frescura y, en general, de variedad expresiva, todo ello sin relegar el carácter lacerante y dramático de no pocas frases de la partitura y aportando además acentos operísticos por completo adecuados. El Menuetto, eso sí, y como ocurre en la mayoría de las interpretaciones tradicionales, resulta un punto pesante y carece del impulso rítmico y de la rusticidad del ländler. (9)    13. Maier/Collegium Aureum (Deutsche Harmonia Mundi, 1978). En teoría esta es una aportación pionera dentro del historicismo, porque se utilizan instrumentos originales y la formación, reducida en número de integrantes, está dirigida desde el primer violín, pero lo cierto es que el fraseo y la articulación resultan por completo tradicionales, lo mismo que el equilibrio de planos sonoros y los tempi utilizados. En cualquier caso, conviene no perderse en digresiones filológicas: a despecho de una relativa falta de matices en general y de un Menuetto no del todo interesante, los resultados son espléndidos gracias a la frescura, a la intensidad bien controlada, al buen equilibrio entre luminosidad y drama, a la agilidad no confundida con ingravidez y al espíritu genuinamente mozartiano que los integrantes de este Collegium Aureum, con su primer violín Franz Josef Maier a la cabeza, son capaces de desplegar. (9)  14. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1979). Ahora sí, Karl Böhm en el cénit de su inspiración ofreciéndonos un Mozart tan marmóreo como siempre, tan distanciado y tan ajeno a lo temperamental, pero esta vez con el mayor grado posible de depuración sonora, de elegancia en el trazo y de vuelo poético, también de sentido dramático y de hondura reflexiva, corrigiendo además toda la pesadez de sus recreaciones anteriores y aportando una sonoridad al mismo tiempo poderosa y ligera –auténtica cuadratura del círculo- a la que no son ajenas las conocidas cualidades de una Filarmónica de Viena, bellísima y de musicalidad excelsa, que se encontraba también en su mejor momento. El Menuetto, eso sí, puede resultar en exceso solemne, si bien el Trío resulta tan prodigioso o más que el de sus anteriores registros. La toma sonora es extraordinaria para la época. Solo una pega: este disco resulta dificilísimo de localizar. (10)   15. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (Sony, 1980). Kubelik fue en Mozart –y no solo en Mozart– el maestro de la fluidez en el fraseo, de la agilidad sin nerviosismos y de la elegancia no amanerada, alcanzando siempre un admirable punto de equilibrio entre belleza formal y hondura dramática que le permitía ofrecer frescura, animación y luminosidad –nada hay aquí de “brumas germánicas”– sin renunciar al sentido del pathos. Por desgracia, en esta nº 39 de incuestionable altura las cosas no terminaron de funcionar: excesivamente apolíneo en el enfoque, o quizá no del todo comprometido, lo cierto es que se echan de menos tanto la electricidad como el vuelo poético de otros grandes recreadores de la página, por no hablar de los acentos dolientes que deben hacer acto de presencia aquí y allá para que la interpretación de esta sinfonía sea redonda. La orquesta está formidable, por descontado, aunque para un oído actual los vientos –muy bien delineados, por lo demás– no tienen la suficiente presencia. (8) 16. Bernstein/Filarmónica de Viena (CD DG y DVD Euroarts, 1981). Recreándose de manera indisimulada en la belleza sonora de la Filarmónica de Viena –sin caer en el narcicismo– y haciendo gala de un fraseo amplio y opulento, pero absoluto pesante, el ya anciano Bernstein ofrece una interpretación entusiasta y de enorme fuerza expresiva al tiempo que atentísima a al trazo global y al entramado polifónico –las maderas siempre están presentes– en la que logra combinar combina un abierto dramatismo –no solo en el Andante, sino también en una introducción particularmente desgarradora en la que se escuchan los ecos de Don Giovanni– con el más fogoso goce sensual, siempre servidos con la elegancia y el equilibrios que demanda el Clasicismo. En cualquier caso, y frente a un Menuetto muy bello pero quizá en exceso tradicional, hay que destacar el sobresaliente nivel de los movimientos extremos, de una comunicatividad y una perfección técnica como pocas veces se ha escuchado. (10)   17. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips, 1981?). Orquesta de la más pura tradición germánica y batuta en plena madurez para una recreación clásica en el mejor de los sentidos, extremadamente cálida y comunicativa, fraseada con una naturalidad, una cantabilidad y una efusividad supremas, que deja al margen el pathos y los claroscuros dramáticos, como también el sentido de la rusticidad o de lo incisivo que encontramos en otras interpretaciones, para decantarse por el lado más luminoso, más noble y más humanístico de estos pentagramas. Y haciéndolo, claro está, con una belleza formal suprema y sin caer en modo alguno en la pesadez ni, menos aún, en lo trivial ni lo descafeinado. Podrán preferirse otros enfoques, pero en el sendero de lo apolíneo esta interpretación es un modelo. Toma sonora gloriosa. (10)   18. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1983). El Mozart de Sir Georg fue por lo general magnífico. Sonado en el punto exacto de equilibrio entre músculo y agilidad, magníficamente desmenuzado, lleno de sentido teatral, rico en claroscuros, con un punto de insicividad muy adecuado y recorrido por esa electricidad bien controlada que es rasgo distintivo del maestro. Sin embargo, en esta ocasión las cosas funcionaron de manera desigual, al menos en un primer movimiento sin toda la garra que se pudiera esperar y, sobre todo, en un Andante con moto algo frío, escaso de sensualidad y de humanismo. El Menuetto es espléndido, y al mayor nivel posible imaginable el arrebatador Allegro conclusivo: los finales siempre fueron especialidad del maestro. Soberbia la orquesta, por descontado. (8)  19. Tate/English Chamber Orchestra (EMI, 1984). Ya desde una introducción especialmente solemne empieza a apreciar que esta interpretación recuerda en no poca medida a la registrada dieciséis años antes por Daniel Barenboim al frente de la misma orquesta. Es decir, sobria y poderosa, severa mucho antes que sensual, lenta y de marcado contenido dramático, por ello mismo no muy seductora para quienes deseen entrar en esta obra de la manera más directa, pero no por ello precisamente escasa de fuelle y electricidad en unos movimientos extremos de excelente trazo. Lo que más destaca, en cualquier caso, es el increíble virtuosismo de la English Chamber, particularmente en lo que a las maderas se refiere, y la manera en que el maestro británico se sirve del mismo para desmenuzar de manera increíble todo el entramado polifónico de la partitura. Posiblemente no exista una sola versión mejor tocada y desmenuzada que esta. Solo por eso ya se merece la máxima nota. Eso sí, técnicamente la edición es problemática: aunque la toma sonora parece muy buena, el Andante con moto se encuentra recogido con una toma sonora bastante más lejana que el resto, o al menos suena a muy inferior volumen. (10)  20. Levine/Filarmónica de Viena (DG, 1986). Dicen que la Wiener Philharmoniker toca sola, al menos en este repertorio. Mentira: escúchese la nº 39 que pocos años antes hicieron Böhm y Bernstein junto a la emblemática formación y compárese con lo que hace Jimmy. Ni siquiera ella parece la misma. Ha perdido buena parte de su belleza sonora, las texturas suenan amazacotadas –no hay un trabajo de análisis orquestal, tal vez ni siquiera hubiera ensayos– y los solistas intervienen sin la inspiración poética de antaño. Tampoco Mozart es el de antes. El fraseo resulta pedestre, rutinario, vulgar incluso. No se aprecian apenas matices ni diferenciación de ambientes expresivos, particularmente en un deplorable Andante con moto frívolo y dicho por completo de pasada. En el movimiento inicial hay energía, pero todo suena muy primario. Mejor funciona la segunda mitad de la obra, pues en el Menuetto Levine apuesta por evitar la pesadez –ni rastro de elegancia en el trío, por descontado– y en el Finale, además de entusiasmo, inyecta unas gotas de ese sentido del humor que es uno de los puntos fuertes de su batuta. La toma sonora tampoco es la mejor posible. (6)      21. Wand/Sinfónica de la NDR (RCA, 1990). El director alemán no podía menos que ofrecer una lectura rigurosamente tradicional, amplia, densa y con músculo, también algo pesadota –no muy rústico aunque encantador el Menuetto– y sin mucha personalidad. Tampoco resulta particularmente poética o emotiva, ni tiene especial chispa o elegancia, pero sí se halla atenta a los aspectos dramáticos de la página. La realización es buena pero no especialmente clara ni depurada. Toma sonora algo difusa. (7)     22. Harnoncourt/Chamber Orchestra of Europe (DVD DG, 1991?). El acercamiento semi-historicista, con gran relieve de los vientos, una articulación ágil, marcada e incisiva, un gran sentido del claroscuro y un espíritu muy teatral ofrece excelentes resultados en el tercer movimiento, rústico y dancístico, con todo su sabor de ländler, y en el Finale, electrizante y con chispa pero no precipitado, además de muy claro. Por desgracia el primer movimiento, tras una introducción un tanto operística, cae en cierta languidez e indiferencia, quizá por la ausencia de vibrato en los violines pero también por la falta de poesía en la batuta. El segundo movimiento carece por completo de calidez, resulta frío, y el dramatismo vistoso pero no del todo sincero. (7)     23. Giulini/Filarmónica de Berlín (Sony, 1992). Ya desde la poderosa y densa introducción, que como ocurría con Bernstein trae a la mente a la escena del Comendador en Don Giovanni, se deja claro que no solo nos vamos a encontrar ante una recreación de corte tradicional, sino además especialmente amplia y robusta, con claro predominio de la cuerda –muy nutrida– sobre viento y metal, basada en un marcado legato y en la dilatada cantabilidad de las frases largas, en la que el maestro ofrece una visión todo lo serena, humanística, cálida y efusiva en él esperable, pero también de profunda hondura reflexiva y poderosa fuerza visionaria, amén de dicha con una lógica y una naturalidad pasmosas. El Finale se hubiera preferido algo más animado, pero es coherente con el resto. A destacar la maravillosa manera en la que hace cantar a las maderas en el trío del tercer movimiento. Talibanes del historicismo, abstenerse. (10)      24. Koopman/Orquesta Barroca de Ámsterdam (Erato, 1994). Adoptando una posición por completo historicista pero sin caer en un fraseo excesivamente liviano, en excesos teatrales o en frivolidades expresivas, Koopman triunfa al transmitir todo el dramatismo y hasta la congoja que anidan en los pentagramas, si bien se queda algo corto en el Andante con moto a la hora de desplegar vuelo lírico y sensualidad. Muy rústico el Menuetto, con interesantísimas ornamentaciones en el trío. Decididos, vibrantes e irreprochables los movimientos extremos. (9)     25. Pinnock/The English Concert (Archiv-DG, 1994). La integral de Pinnock vino a dejar claro que las novedades –en acentuación, en sentido del ritmo, en equilibrio de planos, en colorido– aportadas por el uso de instrumentos originales y la adopción de un fraseo historicista no son incompatibles con la naturalidad en el fraseo, ni con la sensatez en los tempi, ni con el equilibrio entre luminosidad y fuerza expresiva –incisivos y dolientes acentos en el Andante, lleno de fuerza el Finale–, y que por ende es posible ofrecer un Mozart de concepto tradicional –ligereza sonora no significa trivialidad ni expresión descafeinada– mediante un ropaje sonoro no ya distinto del habitual, sino a todas luces más ajustado con la realidad de la música de su tiempo. Otra cosa muy distinta es que a los movimientos impares se les pueda sacar más partido, o que las maderas queden un tanto desdibujadas, aunque esto último se puede deber en parte a una toma sonora perjudicadas por la excesiva reverberación del Henry Wood Hall y no del todo clara. Por eso mismo, quizá, la interesantísima aportación de un clave al continuo resulte difícilmente perceptible. (9)      26. Norrington/Sinfónica de la Radio de Stuttgart (DVD Arthaus, 1996). Este documental con ensayo e ejecución completa de la obra nos permite comprobar que, al frente de una orquesta grande de instrumentos modernos –que tampoco es gran cosa, dicho sea de paso–, Sir Roger no se muestra en absoluto más radical que un Harnoncourt e incluso un Rattle cuanto intentan aplicar criterios historicistas a una interpretación sin instrumentos originales, sino más bien lo contrario. Por esto mismo, e independientemente de que a algunos aficionados les chirríe la articulación históricamente informada en cualquier interpretación que haga uso de ella, no hay que responsabilizar a la filología interpretativa de la mediocre interpretación que aquí reciben los dos primeros movimientos de esta sinfonía, sino la incapacidad de Norrington para extraer verdadera poesía de los pentagramas debido a su deseo de trivializarlo todo, a su pretenciosidad y a sus arranques de mal gusto, aunque tampoco le podemos negar –eso hay que reconocérselo– ganas de hacer música y un buen impulso en los momentos más chispeantes de la obra: el Finale, aunque no dicho precisamente con pinceles finos, funciona bastante bien. (6) 27. Jaap Ter Linden/Mozart Akademie Amsterdam (Brilliant, 2002). Lógicamente influido por las interpretaciones del repertorio clásico bajo la dirección de Tom Koopman de la Orquesta Barroca de Ámsterdam a la que él mismo perteneció, el maestro holandés ofrece una lectura marcadamente historicista en la sonoridad –circunstancia que a algunas sensibilidades irritará de manera considerable, sobre todo en lo que a los sonidos fijos de la cuerda se refiere– pero bastante sensata en lo expresivo, sin precipitaciones, frivolidades ni excesos, fraseada con suficiente holgura y atenta al equilibrio polifónico. Si no funciona es porque Ter Linden no logra inyectar tensión interna, nervio y sentido de los contrastes a esta partitura, que con frecuencia suena alicaída, canija incluso, y casi siempre bastante ajena tanto al vuelo poético, a la frescura mozartiana y a la elegancia clasicista. Se agradecen, en cualquier caso, las ornamentaciones en el Trio del Menuetto, que también hacía Koopman y volverá a hacer Gardiner. (6) 28. Gardiner/The English Baroque Soloist (SDG, 2006). Muy buena toma sonora en vivo –realizada en una sola noche y sin correcciones, y por ello acusando algún fallo de ejecución– que recoge de modo fidedigno el Mozart de Gardiner, seco y adusto como pocos, recortado en el fraseo, por completo alejado de la emotividad lírica, de la sensualidad y de la hondura humanística, pero al mismo tiempo lleno de electricidad controlada, vibrante y de implacable sentido dramático, entendiendo por esto tanto la presencia de elementos lacerantes como la referencia al mundo de lo operístico tan presente en el último Mozart sinfónico. Únicamente las ornamentaciones del trío en el Menuetto –incisivo y rústico mucho antes que risueño, eso desde luego– pone una nota de color en esta lectura cincelada en severo granito neoclásico. (8) 29. Mackerras/Scottish Chamber Orchestra (Linn, 2007). Interesante intento de sintetizar no solo las sonoridades tradicionales y las historicistas, sino también el temperamento dramático con la ligereza y hasta la coquetería, siempre haciendo gala de un trazo ágil y una tímbrica incisiva, con colores historicistas en los metales. El problema es que el equilibrio entre los diferentes componentes de la música mozartiana no está conseguido. Por ejemplo, la introducción al primer movimiento resulta brutal, tosca, más que impactante, pero el resto del movimiento está bien. El segundo es trivial, en exceso aéreo y algo pimpante, amén de carente de vuelo lírico y emotividad. El Menuetto está muy bien dentro de su línea rústica. El Allegro conclusivo también funciona sin problemas, aunque es más brioso que elegante. Espléndida la grabación. (7) 30. Jacobs/Orquesta Barroca de Friburgo (Harmonia Mundi, 2008). Lectura muy historicista, tanto por la sonoridad de la orquesta, de cuerda delgada y muy ácida, frente a metales poderosos, como por el fraseo particularmente ágil, incisivo y recortado que le lleva a ofrecer alguna que otra frase en exceso amanerada. Sin embargo, el concepto que maneja Jacobs se encuentra cercano del dramatismo y el sentido trágico de algunos directores tradicionales, pero sobre todo de la teatralidad digamos operística de un Harnoncourt. Muy vibrante el primer movimiento. El segundo sabe ser dramático pero no destila poesía, estando fraseado con excesivo nervio. Rapidísimo y muy original el Menuetto. Finale con garra, aunque alguna acentuación resulta caprichosa. (7)     31. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Glossa, 2010). Ya una introducción amplia, grave y con grandeza, al tiempo que dicha con elegancia y sentido cantable, nos deja bien clara la sintonía del veterano Brüggen –setenta y cinco años contaba el maestro cuando se realizó en Róterdam esta toma en vivo– con esta partitura que recibe aquí una lectura historicista tan admirable –un punto más rústica en la sonoridad de la orquesta de instrumentos originales– como la de Pinnock, pero ofreciendo una visión diferente. Si el maestro británico alcanzaba un excelente equilibrio entre luces y sombras, lo risueño y lo amargo, Brüggen decide prestar un poco de más atención, siempre dentro la severidad neoclásica que caracteriza su modus operandi directorial y su total renuncia a cualquier efectismo o amaneramiento, hacia los aspectos más dramáticos de la pieza, por lo demás recreada con intensidad bien controlada, un fraseo de apreciable cantabilidad y una belleza sonora que no conoce preciosismos, así como con enorme vitalidad en el Finale. Eso sí, no se entiende cómo en este movimiento se le escapan algunos decisivos diálogos de la madera, porque la toma sonora es muy buena –sobre todo en HD Audio– y no parece que la culpa sea de ella. Muy curioso el regulador con el que se cierra la interpretación. (9)     32. Herreweghe/Orchestre des Chams-Elysées (Phi, 2012). Interpretación de sonoridad muy hermosa, polifonía muy bien trabajada e incuestionable comunicatividad que, aun sin ser en modo alguno radical en sus planteamientos historicistas, molesta seriamente por el fraseo en exceso grácil y aéreo, por momentos pimpante e incluso amanerado, de los dos primeros movimientos, que además están dichos con excesiva precipitación y sin dejar a la música respirar con holgura, y por ende pasando por encima de muchas de las posibilidades expresivas que encierran. Funciona muchísimo mejor el Menuetto, de atractivos timbres rústicos; en el muy correcto Finale nada hay que reprochar. La toma sonora es excelente. Un seis –o menos– para la primera mitad de la obra, un ocho para la segunda. (7) 33. Adam Fischer/Orquesta de Cámara Nacional Danesa (Dacapo, 2012-2013). La introducción resulta francamente atractiva, operística en el tono, con unos metales atrevidos y una cuerda muy lacerante, pero a partir de ahí se evidencia que el intento por parte de Fischer de aunar historicismo e instrumentos modernos en una línea bastante similar a la de Harnoncourt, esto es, con sonoridades rústicas, marcado sentido del ritmo y una apreciable incisividad, tiene algo de impostura por faltar tanto la poderosa personalidad del maestro berlinés como, sobre todo, una idea expresiva clara detrás, dando la impresión de que la forma interesa a la postre más que el contenido. Hay, en cualquier caso, muchas cosas interesantes aquí, y si el Andante puede llegar a irritar por sus sonoridades lánguidas y amaneradas –cuerda sin vibrato alguno y fraseando de modo aéreo–, el Menuetto resulta atractivo por su manera de acentuar marcando el carácter de länder, mientras que en el Finale, que parece empezar de manera en exceso apresurada y lineal, hay multitud de detalles en las dinámicas y en el fraseo, así como interesantes cambios de atmósfera después de cada uno de los silencios, que terminan haciendo la audición cuanto menos novedosa y atractiva; se compartan o no sus ideas, Fischer materializa éstas de manera irreprochable y lo hace inyectando muy evidente entusiasmo. Espléndida la toma sonora. (8) 34. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2013). Otro intento de fusión tradicional e historicista, con timbales de baquetas dudas, tempi apremiantes y fraseo muy aligerado, pero con resultados irregulares al no tener muy claro Rattle el trasfondo expresivo que hay que comunicar por encima de todas estas cuestiones filológicas. Así las cosas, resultan magníficos los movimientos extremos, ágiles, electrizantes y teatrales. Decepciona el Andante, de fraseo en exceso coqueto y pimpante, además de ajeno a la  sensualidad y al lirismo. Mejor el Menuetto, de adecuado sabor rústico pese a algunas acentuaciones innecesariamente coquetas y un regulador final innecesariamente suave. Decididamente, Sir Simon no se aclara. (8) 35. Harnoncourt/Concentus Musicus Wien (Sony, 2013). Muchos años después de sus registros con la Orquesta del Concertgebouw y la Orquesta de Cámara de Europa, el maestro berlinés graba por fin las últimas sinfonías de Mozart con su formación de instrumentos originales de toda la vida. Da igual el instrumento: Harnoncourt siempre hace de Harnoncourt, para bien o para mal, y aquí lo que hace es radicalizar sus planteamientos anteriores haciendo gala de no se sabe muy bien si enorme riesgo e imaginación, o más bien de ganas de ser diferente a toda costa; en cualquier caso, lo hace demostrando un gran conocimiento de lo que tiene entre manos y haciendo uso de una orquesta más adecuada para los fines perseguidos. Así las cosas, y tras una introducción tan teatral como espasmódica, nos entrega un Allegro vibrante en la que son protagonistas su particular sentido de la incisividad en el fraseo, su tendencia a dar protagonismo a metales y percusión, sus conocidas asperezas, sus acentuaciones inesperadas y su preferencia por los contrastes dramáticos antes que por la elegancia o la sensualidad. El Andante con moto dista de convencer por sus extremos contrastes entre pasajes lánguidos y ataques innecesariamente feroces; los claroscuros son aquí protagonistas por encima de la profundidad expresiva. El Menuetto, muy distinto a la mayoría de las interpretaciones, más rústico que nunca, recoge como ninguna otra grabación el espíritu de länder, pero a costa de resultar precipitado para muchos paladares. En el Finale también nos depara sorpresas con el relieve que otorga a los silencios. A la postre Harnoncourt dice tantas cosas nuevas sobre esta obra que el conocimiento de su propuesta, preferiblemente en esta más heterodoxa y atrevida grabación de Sony, me parece obligatorio. (8) 36. Barenboim/WEDO (YouTube, Teatro Colón 2016). Cuarenta y ocho años, quién lo diría, separan esta interpretación de la que grabó el artista de Buenos Aires al principio de su carrera. El tiempo no pasa en balde: el enfoque sigue manteniendo esa mezcla de dramatismo y reflexión que caracterizan al maestro, pero ahora no solo materializa con mayor inspiración aún sus ideas sobre lo trágico y lo ominoso –tremenda la introducción, por momentos aterradora, sino que además añade una buena dosis de frescura, de sencillez bien entendida –encantador el Menuetto–, de calidez y hasta de esa sensualidad y esa delectación en la belleza sonora que rehuía antaño. El resultado, una interpretación riquísima en concepto, diríase que modélica en este sentido, que además se encuentra expuesta con meridiana claridad en lo sonoro –la West Eastern Divan suena mozartiana a más no poder, con carne pero sin pesadez alguna– y con enorme comunicatividad en lo expresivo. Eso sí, que nadie espere el sentido de la ligereza, de lo rústico y de lo incisivo que caracteriza a muchas de las lecturas recientes: Barenboim sigue manteniendo incólume la gran tradición interpretativa centroeuropea, esa misma que se encuentra tristemente a punto de desaparecer en lo que a este repertorio se refiere. (10)




Ipromesisposi

27 de julio

Beethoven: String Quartet no. 14 op. 131

Los cuartetos de cuerda parecen habitar un mundo aparte donde la música existe en un estado quintaesencial. Beethoven dedicó los postreros años de su vida a este género, trasladándolo a una condición completamente novedosa en la estructura, tratamiento de las voces y desarrollo temático y armónico. El nº 14 op. 131 fue el penúltimo compuesto (1826), y aunque Beethoven se refirió (bromeando) a él como “un agregado de cosas de aquí y de allá”, reconociendo (con sorna) que quizás no estaba destinado (aún) a la ejecución pública, Schubert balbuceó después de escucharlo: “Después de esto, ¿qué nos queda a los demás por escribir?” Distanciado de la teleología de la forma sonata, Beethoven crea una composición cíclica (a través de vínculos subterráneos) en melodías y tonalidades remotas, cuyo poder de modulación no ha sido sobrepasado. La libertad de una forma profundamente plástica dentro de una lógica rigurosa crea la paradoja de unidad en diversidad, cuya energía acumulativa sobrevive cada cesura por la sutil integración rítmica de cada parte en el todo.  Consta de siete movimientos (o piezas, como Beethoven las llamó) que se ejecutan sin interrupción en una continuidad prewagneriana:No. 1: Adagio, ma non troppo e molto espressivo. Basamento de carácter fugal (cc. 1-20) a partir de un expresivo sujeto con las entradas escalonadas de cinco en cinco compases, con sforzandi de la cuarta nota, descendiendo hacia el registro grave en un clima serenamente meditativo cuyos ecos irán resonando por toda la esfera compositiva. Da lugar a tres marcados episodios -I (compases 20-41), II (cc. 41-82), III (cc. 83-111)- y una coda (cc. 112-121).No. 2 Allegro molto vivace. Efímero, denso en sombras y ansiedad, delicioso juego de modulaciones inesperadas y crecimiento textural, es un movimiento impreciso entre forma sonata y rondó, con los retornos regulares en tempo, invariablemente precedidos por un compás poco ritardando. Exposición -Primer sujeto (cc. 1-29), Segundo sujeto (cc. 30-48)-; Coda expandida (cc. 48-84); Recapitulación (cc. 84-126) -Primer sujeto (cc. 84-100), Segundo sujeto (cc. 100-126)-; Coda (cc. 126-198).No. 3 Allegro moderato–Adagio. Recitativo con una florida cadencia del primer violín a cuyo final se reagrupa el cuarteto de manera solemne, sugiriendo momentáneamente la vuelta a territorio conocido. Excepcionalmente corto (11 cc.), actúa como introducción para el…No. 4 Andante ma non troppo e molto cantabile–Più mosso–Andante moderato e lusinghiero–Adagio–Allegretto–Adagio, ma non troppo e semplice–Allegretto. Eje central del cuarteto, engloba un tema, siete sólidas variaciones y una coda, siempre a tempo variado y en mutación permanente: Tema, alternativamente cantado por ambos violines (cc. 1-32); Variación 1 (cc. 32-64), presenta el tema alterado en ritmo y acentuación; Var. 2 (cc. 65-97), dúo a ritmo de marcha caminando hacia lo heroico; Var. 3 (cc. 98-129), canon por parejas; Var. 4 (cc. 130-161), fantasía voluptuosa interumpida por ásperos pizzicatti; Var. 5 (cc. 162-186), tema sincopado deformado cual dulce coral de órgano; Var. 6 (cc. 187-220), culmen del cuarteto, por fases deslumbrante o angustioso; Var. 7 (cc. 220-230), recitativo dialogado que desemboca en trinos del violín I, bajo el cual flotan arpegios; Coda (cc. 231-277) de estilo improvisatorio, con la fulgurante reaparición y conclusión del tema.No. 5 Presto. Scherzo imprevisible en su recorrido cuajado de repeticiones y conflictos, hasta disolver la tonalidad y aniquilar cualquier referencia temporal: Scherzo A (cc. 1-66) y B (cc. 66-108); Trio (cc. 109-168); Scherzo A (cc. 169-232) y B (cc. 232-274); Trio (cc. 274-334); Scherzo (A cc. 335-454); Coda (cc. 455-498).No. 6 Adagio quasi un poco andante. Lied-plegaria en tres secciones: A (cc. 1-10), B (cc. 10-18) y B’ (cc. 18-28), reminiscencia de la fuga inicial, y que sirve de sombría introducción al…No. 7 Allegro. Compleja forma sonata con contrastadas secciones, aberrantes, excéntricas, grotescas. Altamente privado de contenido melódico, despedaza el tema hacia una abstracción de su contenido armónico: Exposición -Primer tema (cc. 1-55), Segundo tema (cc. 56-77)-; Desarrollo (cc. 78-159); Recapitulación -Primer tema (cc. 160-215), Segundo tema (cc. 216-261)-; Coda (cc. 262-388). 59 lossless recordings of Beethoven String Quartet no.14 op.131 (Magnet link) Link to the torrent file El Rosé String Quartet conjura el espectro de los últimos días del Imperio Astro-Húngaro. Aunque los otros miembros se incorporaron posteriormente (Paul Fischer -violín II-, Anton Ruzitzka -viola- y Anton Walter -cello-) el cuarteto fue fundado en 1882 por Arnold Rosé, concertino de la Wiener Staasoper desde entonces y hasta 1938, cuando el Anschluss nazi le desplazó del centro de la vida musical y social de Viena (era cuñado de Mahler). La absoluta certeza en los cambios de posición de Rosé otorga su proverbial pureza de entonación, la mano izquierda fluida, empleando un vibrato mínimo (acusado de frialdad en los círculos decimonónicos), el portamento impregnando su línea. Se observa la temprana diferenciación de tempo entre secciones de movimientos o temas individuales, y la tendencia a usar el rubato de tal manera que otorga a la melodía independencia rítmica del acompañamiento. Señalemos del homogéneo conjunto la interpretación de Ruzitzka, que delata su deterioro físico (Parkinson, especialmente en su primera entrada en la fuga), puntal de la línea argumental de la fantástica película A late quartet (2012). La negativa de los ingenieros de Biddulph (1927) a filtrar el ostensible ruido de fondo asegura la integridad de las frecuencias agudas de las cuerdas. El Capet String Quartet difiere de sus contemporáneos en su dedicación exclusiva, algo extraño a principios de siglo, donde el concepto era el de un violín solista acompañado de otros tres instrumentos no permanentes. Formado (junto a Maurice Hewitt, Henri Benoit, Camille Delobell) en 1893 por Lucien Capet, su vinculación con Beethoven era devotamente ascética (ofreció nada menos que 26 ciclos completos entre 1920 y 1928). Capet heredó de la escuela francesa un peculiar método de sostener el arco que era capaz de producir un vibrato per se, una coloración del tono sin ayuda de la mano izquierda: lento, continuo, amplio, enriquecedor de las secciones lentas. El estilo del cuarteto es deliberadamente seco en su concepción del clasicismo germano; sólo en momentos ocasionales afloran toques de suavidad. Inmaculada conjunción y homogeneidad de fraseo y timbre, con tendencia a exagerar los ritardandi. Prominente y a la vez delicado uso del portamento por parte del violin I. Los tempi breves y la clara articulación sugieren una adelantada lectura historicista que suaviza la difícil escritura unísona y matiza los gestos decorativos en las variaciones alrededor de un tempo básico y unificador. Propenso a empujar los pasajes rítmicos al filo del pulso en el presto. Serenidad ultraterrena en el siguiente y tensa energía en el final. La grabación (EMI, 1927) constriñe la magra textura del cuarteto. El Léner String Quartet es representativo de la nueva clase de conjuntos nacidos tras la Primera Gran Guerra. Instituido en 1918 por miembros de la Budapest Opera Orchestra (Jenö Léner, József Smilovits, Sándor Roth, Imre Hartmann) fue el primer cuarteto en grabar el ciclo beethoveniano. Parte de una aproximación narrativa, persuasiva y retórica, tan expresiva y personal como es posible con la ayuda de vibrato, (amplio, variado y abundante), portamento (discreto) y tempo rubato (para articular la armadura a gran escala: los principales puntos estructurales son enfatizados por el rubato justo antes del punto de clausura o transición). Según el ideal teórico de Léner las líneas se funden un todo uniforme, adoptando idénticos fraseo, articulación, timbre y volumen. Deslumbrante en su detallismo técnico, respetando escrupulosamente las marcaciones dinámicas. La presión del arco es constante para crear frases amplias y apaciblemente conectadas; incluso el pizzicato es dulce y redondo. La posición impuesta al cuarteto durante la grabación de 1924 (Columbia) fue antinatural, con los violinistas sentados hombro con hombro, y el otro dúo compactado a su espalda, teniendo a un lado el embudo. En función del sonido podremos escoger su posterior acercamiento (EMI, 1932), de mayores definición y presencia. El Busch Quartet (Adolf Busch, Gösta Andreasson, Karl Doktor, Hermann Busch) es el máximo exponente de la tradición germana desde 1919 y ocupa una posición intermedia entre el antiguo lider-dominante (Rosé) y el moderno democrático (Budapest). El concepto nace de la claridad intelectual de la estructura, acentuada, amplia, construida con luengas líneas. Mínimo rubato, con tempi extremos a lo romantisch. Vibrato puro de mano izquierda (como elemento básico de producción de tono y no como ornamento), stacatti acerados y precisa articulación rítmica. Apuntar el mágico cambio gradual de tempo al pasar del primero al segundo movimiento, algo ya exigido por Wagner para minimizar el efecto desorientador: “Formas opuestas abrazadas en su totalidad y evolucionando desde su reacción recíproca”. Deliciosa vulnerabilidad en el andante (la tranformación emocional que se captura en los silencios, o los furtwänglerianos cambios de tempi en la coda) y determinación rural en el presto. Noción lentísima del penúltimo movimiento hacia la serenidad ataráxica, cada final de nota tan calladamente vibrante como el comienzo de la siguiente. Ocasionales glissandi entre notas, algunos dejados a la discreción improvisatoria del instrumentista. Excelente el característico uso beethoveniano de los repentinos cambios dinámicos, con maravillosos pianissimi. Ante tal dichosa comunión, plena de un dramatismo magnético que ya no se encuentra, vale la pena ajustar el oído a las limitaciones de la grabación antigua (EMI, 1936) que favorece las frecuencias agudas de los violines. Zoltan Székely, Alexandre Moskowsky, Dens Koromzay y Vilmos Palotai establecieron el Hungarian String Quartet en 1938. Palotai era obsesivo con el respeto a las marcaciones metronómicas de la partitura (lo que redunda en su potencia rítmica), mientras Székely tendía hacia la flexibilidad musical: “The old Hungarian did not rehearse, we fought and discussed”. Énfasis en la precisión perfeccionista, con uniformidad en los atriles que graban profundas incisiones, evitando el excesivo vibrato, y cuyo equilibrio interno da la claridad textural. Contemplativos, con escaso cambio dinámico, opción adecuada en la fuga, reteniendo el dramatismo hasta la coda, y continuando con un segundo movimiento verdaderamente molto vivace. El presto empuja el tempo con ligereza pero genera imperfecciones de tono. La toma sonora (Brilliant, 1953) es algo distante y mate. El Hollywood String Quartet se fundó antes de la 2ª Guerra Mundial por músicos (Felix Slatkin, Paul Shure, Alvin Dinkin, Eleanor Allen) cuyo trabajo regular reposaba en las orquestas cinematográficas y acompañamiento de superstars como Sinatra. Cuatro sensibilidades muy personales, frescas y sin inhibiciones, que recrean una lectura analítica, de intenso formalismo casi toscaniniano, con marcada disciplina rítmica mantenida dentro cada sección, pero las secciones mismas observan un alargamiento en la frase final, muy efectiva dado el contexto de estabilidad general. Claro y homogéneo, dulce, transparente de texturas, combinado con rigor intelectual. El violín I es prominente en el registo agudo y de entonación falible. Grabación monoaural (el factótum de Capitol estaba aún convencido de que el estéreo sería una moda pasajera) con el talante y el equilibrio que proporciona el único micrófono (Testament, 1957). Aunque el Budapest Quartet se instauró en 1916 por cuatro (naturalmente) húngaros, todos ellos habían sido reemplazados por cuatro rusos en 1936 (Josef Roismann, Alexander Schneider, Boris Kroyt, Mischa Schneider) lo que supuso una modernización de estilo, con intenso vibrato, ritmos rígidos y fraseos limpios. Cual Rolls-Royce de la época, su tono es suave y aterciopelado, seguro en entonación, alerta en conjunción, unánime en texturas, ligero en staccato, las cuatro individualidades subordinadas al ideal de eficiencia pulida y aristocrática elegancia. En esta línea dedicaron interminables ensayos para asegurar que articulación, digitación, fraseo y vibrato estuvieran perfectamente coordinados (con la primera media hora dedicada a escalas en unísono). Este registro postrero conlleva cierto declive técnico (el scherzo contiene algunas dolorosos sonidos del violín I), preferencia por tempi amplios y contrastes dinámicos modestos. Emocional, no respeta la partitura a rajatabla, pero ¿a quién le importa? Y además suena fantástico: la acústica es más bien dura pero no exenta de cuerpo y colorido (Sony, 1958). A diferencia de otros cuartetos que rotan rutinariamente sus componentes, el Amadeus Quartet se manifestó históricamente en contra: “si uno de nosotros, por cualquier razón, no pudiera continuar tocando, el cuarteto dejaría de existir”; por ello siempre tuvo la misma configuración desde 1947 (Norbert Brainin, Siegmund Nissel, Peter Schidlof, Martin Lovett) hasta su desaparición en 1987. Comparado habitualmente (es decir, condenado por sus virtudes) con Herbert von Karajan por su suavidad mecánica, bellamente equilibrada, virtuosamente bruñida, reflejando las interacciones cuidadosamente ordenadas y circunscritas de un salón hacia 1800: es decir, con el violín I dominando con espeso vibrato y amenazando seriamente la entonación. Resaltar los deliciosos pizzicatti y el efecto ponticello en el scherzo. En la coda final se intenta recrea la sonoridad de una orquesta (masivo acorde en do sostenido menor). La grabación es ciertamente estrecha y peca de sequedad y agudos chirriantes (DG, 1963). Entre 1950 y 1967 el Amadeus grabó para la RIAS de Berlín un ciclo casi completo de los cuartetos beethovenianos para su difusión radiofónica. Los resultados difieren poco del ciclo en estudio para Deutsche Grammophon, pero algunos momentos brillan con la tensión del directo. La toma que ahora edita Audite es soberbia en sonido monofónico. El Quartetto Italiano (Paolo Borciani, Elisa Pegreffi, Piero Farulli, Franco Rossi) combina su elegante clasicismo latino, muelle en la articulación y en la estabilidad rítmica, con la cualidad tímbrica muscular, densa, unitaria y colectiva, confidencial y lírica, hedonista y noble de expresión. Pureza de entonación, perfecto empastado y sincronización de ataques. Vibrato aplicado variadamente para sombrear, colorear, intensificar, matizar, jamás de manera ubicua. Tempi en general reservados, moderados, nunca aburridos. Asombroso fraseo en legato en los movimientos lentos, como en la aristocrática fuga, solemne (8:52) y con la coda sobre-expresiva. Las variaciones convertidas en ejercicios de libre asociación. Cierta delgadez en los agudos traiciona la edad de la grabación (Decca, 1969), rica y cálida, definida espacialmente, aunque limitada en la visibilidad de las líneas.  Tras abandonar el Hungarian Quartet Sándor Végh formó su propio cuarteto en 1940 junto a Sándor Zöldy, Georges Janzer y Paul Szabó. Végh insistía en la irrepetibilidad de cada interpretación, anteponiendo expresión y coherencia a la perfección técnica, que él relacionaba con la frialdad. Independización de cada atril en busca de clarificar la estructura, respetando de manera única el equilibrio desde la igualdad tímbrica por parte de los cuatro componentes, las voces internas siempre definidas y sin preponderancia alguna. Fantasía en el fraseo, sin artificios, con la carga intelectual y emocional centrada en el contenido visionario de la música. El amplio rango de colorido tonal y el vibrato sumamente variado y discreto, disculpan los mínimos lapsus de timbre (tendente a la dureza) y entonación en el violín I. Lectura introvertida y profunda que destaca en los movimientos lentos, dando tiempo a formar las notas y consiguiendo una intensidad brutal a base de delicadeza dinámica. Toma sonora natural y detallada, piramidal, construida desde el cello (lo que contribuye a la calidez), muy reverberante, que redondea esta sensacional y espiritual interpretación (Naïve, 1973). “'I went out of my mind and have been ever since”. Así describe Leonard Bernstein su encuentro en 1937 con el cuarteto nº 14 en la mahleriana orquestación de Dimitri Mitropoulos, cada línea de cuarteto interpretada por una dozena de instrumentos, los cellos reforzados por carnosos contrabajos. Lo que se pierde en intimidad y naturaleza esquiva se traduce en dramática inundación emocional, los movimientos lentos convertido en elegías sinfónicas: “You can't understand any Mahler unless you understand this piece, which moves and stabs and with its floating counterpoint”. Naturalmente que los diálogos antifonales se difuminan a pesar de la virtuosa unanimidad de la Wiener Philharmoniker, cuyos músicos discutieron sin embargo a Lenny su adecuación: “Four people can't play that, how can sixty play it?”. Precisión rítmica, seducción tímbrica y entonación milagrosa contribuyen a esta sublime grabación de concierto (DG, 1977) que era la favorita del propio Bernstein entre toda su producción “This is so beautiful and extraordinary that I dedicated it to my wife… it's the only record I've ever dedicated to anyone”. Berlioz refiere una representación del op. 131 en 1829 donde nueve décimas partes de la audiencia marcharon tras la apertura, incapaces de adaptarse al subversivo modelo de percepción del cuarteto como un todo gradual y progresivo. El Lasalle Quartet (Walter Levine, Henry Meyer, Peter Kamnitzer, Lee Fiser) fue el paladín de la Segunda Escuela de Viena; contaminado por ésta, su recreación de las obras modernistas de Beethoven refleja una abrupta acentuación de los contrastes dinámicos que lo hacen sonar agresivo y futurista. Todo ello palpable en las variaciones, urgentes y de desigual seguimiento de las dinámicas. El vibrato empalaga, excesivo, aplastante en la enunciación de la fuga. Desde el lado oscuro, las voces intermedias se espesan azucaradas, más empastadas que individualizadas. La dimensión espiritual de la música paréceme se ve comprometida, o es más etérea, adoleciendo de la gracia que conjura por ejemplo el Italiano. Sonido angular y áspero recogido con la usual sequedad de las tomas sonoras de Deutsche Grammophon (1977). Las suaves variaciones dinámicas del Talich Quartet (Petr Messiereur, Jan Kvapil, Jan Talich, Evzen Rattay), sin dramatizar la profundidad de la composición (realización de su más avanzado pensamiento y sus torturados sentimientos), engendran una conversación plena de simplicidad y franqueza, un discurso íntimo y no una espectacular representación pública. Los movimientos rápidos danzan (sic) con un espíritu poco común, y sin embargo los lentos nunca soslayan la gravedad requerida. Pasajes del andante un poco rústicos y sentido de la línea y magnífico control tonal en el presto. Individualidad cooperativa pero no monolítica. El sentido estructural es consciente y palpable, pero siempre subrayado por un concepto del rubato de gran sensibilidad. Un problema menor es la peculiar toma sonora, árida y hueca, acerada sin clemencia (Calliope, 1979). Lectura perversa la del Lindsay Quartet (Peter Cropper, Ronald Birks, Roger Bigley, Bernard Gregor-Smith): La entonación intencionadamente idiosincrática e iconoclasta, la violencia de los ataques buscando sentido y sensibilidad en vez de unanimidad, sacrificando la precisión y la belleza del sonido por la vehemencia expresiva, construyendo desde las partes individuales hacia la unidad estructurada… y arriesgando la indiferencia en la recepción del público. Dinámicas siempre diferenciadas no solo en amplitud sino también en tímbrica, y tempi también fuertemente caracterizados por su holgura y sin embargo de pasmosa naturalidad: la fuga más lenta con margen (9:23), con dispar vibrato en las líneas de apertura, y con las notas ligadas en los compases finales como estremecimientos. En las variaciones el metal de los violines está cuidadosamente emparejado, y la fluctuación del tempo compás a compás otorga una fuerte personalidad. El movimiento conclusivo es violento y destructivo en el ostinato homorítmico. Grabación atmosférica, extremadamente cercana y focalizada (ASV, 1983). El segundo ciclo del Alban Berg Quartett (Günther Pichler, Gerhard Schulz, Thomas Kakuska, Valentin Erben) fue grabado en conciertos públicos en 1989, y quizás esté más inspirado por la presencia de audiencia que su anterior en estudio (EMI, 1983), aunque las diferencias son menores. Donde ofrece una superioridad sobre cualquier otro cuarteto es en su técnica inmaculada cual maquinaria de precisión, la unanimidad de ataque, la tímbrica lacada, el soberbio empaste. Tal es la discreción de sus dinámicas que enmascara el contraste que Beethoven pide en las variaciones o en el prosaico adagio quasi un poco andante. La implacable lógica e integrado sonido han sido recibidos en algunos ámbitos como aparente superficialidad y asepsia clínicas: la concentración y serenidad (fuga), seguridad (andante), apasionamiento (scherzo), delicadeza de las entradas en imitación (allegro final) de las que hacen gala no dejan lugar a dudas. El sonido (EMI) es también de primera categoría, ofrece presencia y excelente definición, particularmente en graves, sin que la audiencia sea intrusiva. Característica del Emerson String Quartet es la alternancia entre los violinistas a la hora de repartir el primer atril. En este opus 131 la nómina es la siguiente: Philip Setzer, Eugene Drucker, Lawrence Dutton, David Finckel. Atléticos, técnicamente brillantes, con un excepcional control rítmico aún en los movimientos más veloces, pero presurosos y poco expresivos, acaso faltos de flexibilidad en los tempi. La literalidad en la plasmación de las marcaciones dinámicas puede parecer exagerada, a mí me resulta exquisita: escúchense los crescendi y sforzandi en la brevísima fuga, sin brusquedades -al lado de los Lindsays-, en un distanciado refinamiento, impersonal y analítico. La articulación también es cortante, finalizando las notas abruptamente, como en el espectacularmente acelerado presto, con su preciso entramado de staccati y pizzicati. No todo es tormentoso y explosivo, sus variaciones ofrecen un oásis lírico. Énfasis en el contrapunto, proyectando dramáticamente los contrastes. Sonoridad del cuarteto corpulenta y diamantina, con el omnipresente vibrato superando su legado como colorante emocional. Grabación concentrada espacialmente, clara e íntima (DG, 1994). Hasta la fecha no tengo constancia de grabación alguna en instrumentos originales del cuarteto nº 14. El Quatuor Mosaïques (Erich Höbarth, Andrea Bischof, Anita Mitterer, Christophe Coin, todos ellos antiguos integrantes del Concentus Musicus Wien) realizó algunos discos en los años 90 que lamentablemente no se concretaron en una integral, de modo que nos tendremos que contentar con una muy mediocre toma sonora procedente de la emisión en directo del 7 de febrero de 1995 por parte de la BBC. Lo que distingue su interpretación es la combinación de timbre cálido y elegante fraseo. Veámoslos: La cualidad tonal de las cuerdas de tripa es particularmente importante en el empaste de la parte del primer violín, que tiende a permanecer en el agudo en la cuerda de Mi (prominente en cuerda de metal). Idealmente equilibrados (la influencia didáctica de Sándor Végh es palpable: Höbarth fue miembro del Végh Quartet los últimos años de su existencia), el conjunto dialoga con secreta resonancia y delicadeza de texturas. Por su parte el fraseo básico del grupo sigue las convenciones del siglo XVIII en una conversación galante que favorece la participación y la individualidad: no solo la articulación varía sutilmente en cada repetición, además las líneas son reformuladas cuando una voz responde a otra, e incluso se arpegian algunos acordes en la cuarta variación. Tempi extremos, exageradamente lento el último. El frecuente uso de rubato mantiene un nivel de flexibilidad local. La presencia dosificada del vibrato como ornamento contribuye a la transparencia y a la precisión de su entonación. Contenidamente clásicos, reservados, reverenciales en el rango dinámico. Nota final: este verano el Mosaïques tiene programados los cuartetos tardíos en concierto. Veremos si fructifican en disco.  El Hagen Quartett (Lukas Hagen, Rainer Schmidt, Veronika Hagen, Clemens Hagen) delinea una caligrafía expresionista influenciada por el movimiento historicista, con fuerte acentuación y severas líneas contrapuntísticas; impecable a pesar de los riesgos: vívidos crescendi, tempi osados (la fuga muy pausada), asombrosas y escrupulosas dinámicas (con notas susurradas en verdaderos ppp), pausas extendidas, voces internas audibles. Hialino, expresivo, entonado, intenso, minucioso, exacto, excepcional. Pasajes casi sin vibrato, especialmente en el violín I, que sorprende con un portamento en el c. 83 del segundo movimiento. El breve tercero presenta un carácter improvisatorio muy adecuado, alentado por las vacilaciones en la cadencia; además hay que resaltar el uso de la primera edición, en la que se omite el si en el violín II en el c. 5 creando un punto de tensión novedoso. Las agógicas en las variaciones se mantienen en estricta coherencia. Tangible toma sonora, sincera y colorista (DG, 1999). El Artemis Quartet fue forjado una tarde tormentosa de 1989 por cuatro estudiantes (Heime Müller, Natalia Prischepenko, Volker Jacobsen, Eckart Runge) ensayando esta misma pieza, que también estuvo en el programa de su primer concierto público al año siguiente. Doce años después, la colaboración argumentativa de este “matrimonio a cuatro” (como ellos lo denominan) aúna la perfección técnica de los Emerson a la belleza tímbrica de los Berg, transmitiendo desde la melancolía de la fuga a la ambigüedad del finale. Quizás la rudeza beethoveniana queda fuera de la ecuación, no así el inatacable detallismo en la articulación (apresurada en ocasiones), el equilibrio textural y la transparencia polifónica, las agógicas conscientes. El vibrato es suave pero latente. Excelentes las variaciones sin excluir el sentido del humor dentro de unas frugales dinámicas que no obstruyen el atrevido flujo. Toma sonora cálida, cercana y detallada (Virgin, 2002).  Ha habido numerosos cambios de personal en el Borodin Quartet desde su fundación hace más de 70 años, pero siempre ha mantenido su impronta de dulzura tonal, unidad de fraseo y respiración, su fluidez orgánica. Ruben Aharonian, Andrei Abramenkov, Igor Naidin y Valentin Berlinsky (¡miembro original!) cultivan discretamente las dinámicas mesuradas, lo que lima las aristas y rebaja las cualidades maniacas del scherzo o del finale. La fuga es inusualmente rápida, perdiendo la solemnidad acostumbrada y lanzada en una búsqueda incesante. Excelente coordinación y equilibrio, casi como un único instrumento con dieciséis cuerdas, que desafía la clásica definición de Goethe de un cuarteto: “una conversación entre cuatro personas inteligentes”. Este Beethoven tradicional, casi festivo, posee la cohesión del Italiano, la expresividad de los Végh, el fulgor generoso de los Juilliard. El sonido muerde con agudos punzantes y estrecha espacialidad (Chandos, 2003).  La interpretación de Terje Tønnesen al frente de la Camerata Nordic puede ser considerada como la antítesis de la mahleriana de Bernstein: el cuarteto ha sido reconcebido como un concerto grosso, reforzando los contrastes entre partes solistas y tutti (consecuentemente, los tempi elegidos son mucho más rápidos), y con algunas licencias poéticas como las notas pedales graves en las variaciones (cc. 149 y 157). Sonido heterogéneo de conjunto de cámara, las líneas instrumentales claras e independientes, negociando con precisión virtuosística, pero el torbellino emocional se difumina con la transmutación de las dimensiones estructurales. Apasionado sonido para este haydiniano divertimento para cuerdas (Bis, 2005).  No es la primera vez que el Tokyo String Quartet ha llevado esta obra al disco (hay otra grabación de 1990 para RCA cuyo bello fraseo bordea la blandura), pero sí la primera con este plantel: Martin Beaver, Kikuei Ikeda, Kazuhide Isomura, Clive Greensmith. La narrativa sigue siendo lírica y aterciopelada, la articulación suave y conversacional, pero responde con mayor energía, rica en dinámicas en los pasajes dramáticos. Tempi a menudo en el lado tranquilo; no en la fuga, donde la reserva en el vibrato en el pasaje de apertura cristaliza los stretti en un halo de frialdad desesperanzada que contrasta el confortable subsiguiente allegro. Magnífica espacialidad de la toma sonora, por momentos sinfónica (HM, 2008).

Ya nos queda un día menos

21 de julio

Sinfonía alpina, de Richard Strauss: discografía comparada

Richard Strauss escribió Eine Alpensinfonie entre 1911 y 1915; no coincide en el tiempo, por tanto, con sus más conocidos poemas sinfónicos, pues el genial compositor ya había dado a la luz obras como Salome, Elektra y Rosenkavalier. Sería más bien contemporánea de Ariadne auf Naxos, lo que nos habla de un artista en plena madurez que domina como nunca nadie lo ha hecho los recursos de la gran orquesta sinfónica. Hay varías líneas interpretativas posibles. La más ortodoxa consiste en seguir el programa y realizar una descripción de un amanecer en los Alpes bávaros, el camino a través de prados, bosques y cascadas, la llevada a la cumbre para contemplar el impresionante paisaje y el posterior descenso en medio de una terrorífica tormenta –si ustedes han escuchado tronar en la alta montaña saben de qué les hablo–, para concluir en un atardecer meditativo y filosófico. La otra, que no resulta excluyente con la anterior, interpreta el hilo argumental como una metáfora de la vida humana: nacimiento, juventud, plena madurez –la cumbre–, tormentos de la vejez y abandono de este mundo. Al mismo tiempo, están los directores que potencian los aspectos más líricos y ensoñados de la partitura, mientras otros se muestran partidarios de marcar aristas y de hacer la interpretación lo más escarpada posible. La siguiente selección de grabaciones aspira a recoger todas esas posibilidades. Sobre las puntuaciones, debo apuntar que en más de un caso he dudado mucho a la hora de poner una nota. Quizá debería haber recurrido a usar decimales, pero no me gusta hilar tan fino. Lo que sí debo dejar claro es que esta es la comparativa en la que más he tenido en cuenta la calidad de la orquesta, cosa que ustedes comprenderán a la perfección habida cuenta de las características de la partitura de la que estamos hablando, extremadamente exigente en lo que a virtuosismo, brillantez y maleabilidad se refiere.   1. Böhm/Staatskapelle de Dresde (DG, 1957). Karl Böhm fue el más grande straussiano del siglo XX, y aunque a finales de los cincuenta todavía no había alcanzado su mayor grado de inspiración interpretativa, nos encontramos aquí ante una dirección de considerable nivel. Dirección amplia y poderosa que es llevada con perfecto pulso, absoluto control y mucha decisión hacia clímax de grandeza abrumadora y un punto opresiva: la visión del maestro es antes dramática que descriptiva. La tormenta resulta terrorífica, y a partir de ahí se podía pedir un punto más de emotividad poética en la reflexión final. En cualquier caso, el único reparo serio es la relativa calidad de la orquesta, que por mucho que fuera la que había estrenado cuarenta y dos años atrás la obra, suena bastante destemplada –particularmente en los metales– para quienes estamos acostumbrados a las increíbles máquinas de hacer música de hoy día. La toma es monofónica, pero de buena calidad. (8) 2. Kempe/Royal Philharmonic (Testament, 1966). Aun encontrándonos ante una interpretación dicha con ganas, de una pieza, irreprochable idioma straussiano y ajena a efectismos, lo cierto es que la batuta del maestro nacido en Dresde se muestra algo lineal, no aprovechando muchos pasajes que requieren mayor vuelo lírico y necesitando un tratamiento orquestal de mayor plasticidad. La claridad no está siempre conseguida, mientras que el final no resulta todo lo inquietante que debiera. En lo que se refiere a la orquesta londinense, los metales resultan algo estridentes y desabridos. La grabación es buena en lo tímbrico, pero se queda corta en gama dinámica y no equilibra bien los planos sonoros. (7) 3. Kempe/Staatskapelle de Dresde (DVD Audio EMI, 1971). Aun más lograda que su registro con la Royal Philharmonic, esta grabación no se mantiene hoy tan vigente como su enorme prestigio nos pudiera hacer pensar. Además de que la orquesta que estrenó la partitura sigue estando en baja forma, flaqueando sobre todo por unas trompetas más bien estridentes, por parte de Kempe las inspiración se muestra algo irregular: las melodías no están del todo paladeadas, hay una cierta falta de aliento poético y al tramo final se le podría sacar más partido. En cualquier caso, el maestro muestra un desarrollado instinto del color y de las texturas –a destacar el incisivo y sarcástico tratamiento de las maderas–, sabe construir el edificio sin vacilaciones y ofrece momentos de una enorme intensidad emocional, particularmente en el desgarrado clímax tras finalizar la tormenta. La toma sonora presenta distorsión, pero gana mucho cuerpo en el hoy descatalogado DVD audio, sobre todo en lo que al registro grave se refiere, poderosísimo, si bien apenas se nota la cuadrafonía salvo en las trompas fuera del escenario, que suenan verdaderamente distanciadas, y la escena de las vacas, que pasan “por delante” de la orquesta. Supongo que el nuevo reprocesado de Warner habrá mejorado las cosas en CD. (8) 4. Solti/Sinfónica de la Radio Bávara (Decca, 1979). Nadie puede negar a Solti haber sido uno de los grandes expertos en el sonido straussiano, y desde luego en este registro –en Múnich y no con su orquesta de Chicago, curiosamente– lo demuestra con creces ofreciendo un increíble dominio de las texturas, brillantez a raudales y una vitalidad portentosa. Pero lo cierto es que, tras un amanecer muy conseguido, el maestro da una de cal y una de arena alternando pasajes de enorme garra con otros lastrados por la precipitación –le dura solo 44’19’'– en los que las melodías no se desarrollan con la cantabilidad, la grandeza ni la emotividad que la partitura demanda. Eso sí: soberbiamente grabada, la orquesta funciona a pleno rendimiento bajo la batuta de un maestro que extrae de la misma unos colores más incisivos de lo que en ella es habitual. (7) 5. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1981). En el momento más inspirado de su carrera, y también en el de mayor dominio del idioma straussiano –poco después vendría su genial Rosenkavalier–, el de Salzburgo firmó uno de los mejores discos de su carrera con esta interpretación que no es personal ni creativa, pero sí irreprochable en la comprensión de la obra. Karajan encuentra el punto justo de elegancia y decadentismo, sin blanduras pero también mostrándose ajeno a los excesos, sabiendo ser descriptivo, pintoresco y amable sin renunciar a lo dramático –tremenda la tormenta– ni a lo trágico –el final desprende el adecuado amargor–. Todo ello lo plasma en sonidos con la mayor perfección imaginable, tanto en lo que al trazo se refiere –acenso y descenso planificados con absoluta naturalidad– como en lo que respecta al equilibrio de planos –se escucha todo–, al tratamiento del color –riquísimo, con portentosa sensualidad straussiana– y a la plasticidad de las texturas, expuestas con un preciosismo y refinamiento al alcance solo de las más geniales batutas. La Filarmónica de Berlín, redonda en sonoridad y con un registro grave aquí de lo más adecuado, es la ideal para esta obra. (10)  6. Previn/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1983). Una interpretación de línea digamos “objetiva”, directa, decidida y entusiasta, admirablemente trazada, irreprochable en el idioma y brillante en el punto justo –no hay exceso alguno–, como tampoco de melifluidad o carácter en exceso contemplativo. Alguna frase podía estar un poco más paladeada, y el último cuarto de la obra podía alcanzar aún más magia y profundidad –al final se le podía sacar más partido–, pero en conjunto es una recreación de muy alto nivel, lo que tiene mucho que ver con la fantástica ejecución de la orquesta: quizá por ella le podemos poner sobresaliente al resultado, y no el notable alto que en realidad merece la batuta. La toma no es del todo clara ni natural en lo tímbrico, aunque alcanza gran gama dinámica en la tormenta. (9) 7. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony, 1983). Extrañamente el de Salzburgo muestra aquí cierta desconcentración que le lleva a no ofrecer toda la grandeza posible ni a desgranar las melodías con la mayor cantabilidad, ni siquiera a ser todo lo claro que acostumbra: el registro en estudio es sin duda superior. En cualquier caso, Karajan termina ganando la partida por su sentido del color, su brillantez, su elocuencia y, claro está, por la espectacularidad de una impresionante tormenta. La gama dinámica del DVD es realmente amplia. (9)   8. Haitink/Concertgebouw (Philips, 1985). Como es habitual, el maestro holandés no se muestra creativo ni personal, pero sí perfecto en la arquitectura, irreprochable en la musicalidad, ortodoxo en el estilo y, en esta ocasión, muy sincero. La arquitectura está perfectamente trazada, los aspectos descriptivos están muy conseguidos, el clímax central alcanza fuerza sin retórica, la tormenta despliega mucha fuerza y la meditación final, ya que no muy filosófica, exhibe serena belleza. El final es más sobrio y digno que pesimista. La orquesta, fabulosa: como en el anteriormente citado registro de Previn, es por el esplendor orquestal –y no tanto por la batuta– por lo que esta interpretación se merece el sobresaliente. (9) 9. Maazel/Radio Bávara (RCA, 1988). Interesantísima aportación de un Maazel que deja de lado la delectación melódica, la ensoñación lírica y la grandiosidad épica para subrayar los aspectos más escarpados, dramáticos y sombríos de la partitura. La tormenta es más electrizante y terrible que poderosa, mientras que final resulta particularmente descorazonador e inquietante. Ahora bien, el enfoque es resulta tan unitaleral que en algún momento se echa en falta algo más de poesía. Sin duda espléndida –como con Solti– la orquesta muniquesa, aunque la batuta procura que suene más rústica que propiamente straussiana. Magnífica la toma sonora, asombrosa si se escucha en Dolby Surround. (9) 10. Blomstedt/Sinfónica de SanFrancisco (Decca, 1989). El maestro de origen sueco se muestra aquí antes como un sólido y sensato kapellmeister de espléndida técnica e irreprochable musicalidad –no hay espacio para melifuidades ni para excesos– que como un verdadero recreador de lo que se le pone por delante. Todo está en su sitio, el trazo es perfecto –nada de nerviosismo– y los clímax alcanzan una electricidad y fuerza dramática impactantes; pero el lirismo, la sensualidad y el carácter humanístico que también se encuentran en la partitura parecen escapársele en buena medida. Una visión, en cualquier caso, que termina siendo atractiva por su carácter escarpado y el regusto amargo que desprende, aparte de por la espléndida toma sonora con que los ingenieros de Decca realzan los buenos mimbres de la Sinfónica de San Francisco. (8) 11. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1992). Nos encontramos aquí ante una visión eminentemente humanística y filosófica, muy alejada de lo descriptivo y pintoresco, lo que quiere decir que alcanza sus mejores momentos en todo el tramo final, de una hondura y belleza admirables, pero también que se queda algo corta de sentido del color, de constrastes y de matización de las intervenciones solistas en otros momentos. Tales insuficiencias por parte de la batuta las compensa la ejecución orquestal difícilmente superable de una orquesta que aquí suena de modo magnífico, pero muy alejada de la opulencia y la delectación sonoras.  (9) 12. Ozawa/Filarmónica de Viena (Philips, 1996). Esta interpretación deja bien claras las características directoriales del maestro japonés: fraseo fluido, flexible y muy elegante, agilidad bien entendida, tímbrica rica –antes suave que incisiva–, brillantez controlada a la perfección y, en el lado negativo, tendencia a lo superficial y lo descafeinado, o al menos a ofrecer interpretaciones más bien complacientes y no muy ricas en pliegues expresivos. En este sentido, el primer tercio de la obra resulta un tanto naif y pintoresco, antes que verdaderamente poético. Poco a poco Ozawa se va centrando y alcanza picos de tensión muy impactantes, para luego ofrecer una tormenta de gran vistosidad y clímax particularmente terrorífico. La sección final, hermosísima pero de nuevo no muy honda ni conmovedora. Menos mal que está la orquesta vienesa para arregar un poco las cosas. (8) 13. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (DVD y YouTube Euroarts, 1998). La orquesta que estrenó la obra, ahora sí en espléndida forma pese a ciertas inseguridades en los metales, se pone al servicio de la infravalorada batuta del director veneciano para ofrecernos una interpretación eminentemente colorista y descriptiva, de desarrollado sentido del color y de las texturas, elevada brillantez –en absoluto grandilocuente– y gran atención a los efectos pintorescos y onomatopéyicos, en la que sólo hay que reprochar cierta falta de dimensión filosófica en los minutos finales. Como ven, el propio sello Euroarts la ha subido íntegra a YouTube. Disfrútenla. (9) 14. Thielemann/Filarmónica de Viena (DG, 2000). Thielemann se mira en el espejo de Karajan para construir una lectura descriptiva y colorista antes que inquietante, suntuosa en la sonoridad, refinada pero también de enorme opulencia, cantada con amplio aliento lírico e idóneo idioma straussiano. El problema es que el maestro berlinés, además de no posser el increíble virtuosismo de su ídolo a la hora de tratar las texturas, tiende en exceso a lo bucólico y ensoñado en los momentos más líricos, hasta el punto de que en algunas frases resulta no solo en exceso ternurista, sino también un tanto empalagoso, por no decir blandengue. La espléndida orquesta no parece terminar de sonar como ella suele, aunque esto puede ser debido a una toma sonora que, aun ofreciendo una enorme potencia durante la tormenta, no llega a la máxima categoría posible para la época. (8)  15. Wit/Staatskapelle Weimar (Naxos, 2005). El maestro polaco nos ofrece una singular recreación, de perfecto idioma pero en una línea mucho antes contemplativa que dramática, opción que termina produciendo algunos desequilibrios. Maravillosa resulta la primera mitad de la obra, ascendiéndose a la cumbre con una sensualidad, una comunicatividad y una nobleza admirables, cantando las melodías con una extraordinaria concentración y una gran dulzura –sin caer en el empalago– y no dejándose llevar por la descripción pintoresquista, sino optando más bien por una serena reflexión; de ahí que se pueda echar de menos mayor riqueza tímbrica y atención a las texturas. El clímax es magnífico: sereno y grandioso. A partir de ahí la batuta pierde algo de tensión interna, no siendo del todo inquietante el paisaje de calma previo a la tempestad y echándose de menos en esta última mayor electricidad, virulencia e incisividad. Eso sí, no hay la menor concesión efectista. El final vuelve a ser muy noble y hermoso, aun sin el regusto amargo y la hondura trágica de otras lecturas. La orquesta se comporta muy bien. (8) 16. Luisi/Staatskapelle de Dresde (Sony, 2007). De nuevo la Staatskapelle en una interpretación que es un prodigio por su arquitectura global, por su claridad, por su colorido, por sus texturas, por su carácter descriptivo más no pintoresco, y asimismo por la capacidad para resultar brillante sin caer en la retórica. Quizá el amanecer resulte algo más nervioso de la cuenta y sobre alguna frase algo empalagosa en la primera parte. La tormenta está llena de fuerza, al mismo tiempo que el maestro logra de maravilla que se escuchen todos y cada uno de los detalles instrumentales. Sólo cabe pedir un poco más de reflexión filosófica en la sección final, justo lo que era el punto fuerte de un Barenboim. El final, más que siniestro, es seco y distante. La orquesta está ahora mejor que nunca, ofreciendo una sonoridad muy hermosa y mostrándose cuajada de solistas muy musicales. Fantástica la toma, sencillamente una de las mejores grabaciones de la música de Strauss que se hayan realizado. Intenten conseguir el SACD: ahí luce en todo su esplendor. (9) 17. Bychkov/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2008). El idioma es irreprochable, el pulso está bien sostenido –los tempi son rápidos–, no hay excesos ni melifuidad y la brillantez está garantizada, pero Bychkov se muestra bastante impersonal (¿a alguien le sorprende?), poco creativo e incapaz de destilar poesía en los pentagramas, siendo el resultado más bien plano y echándose de menos compromiso y variedad expresiva. Tampoco atiende mucho a la disección del entramado orquestal. Eso sí, impresionante la Filarmónica de Berlín, que aporta mucho a la interpretación. (7) 18. Haitink/Sinfónica de Londres (LSO Live, 2008). Esta interpretación en vivo no es mejor que la anterior en estudio a cargo del mismo director, pero sí complementaria. La jornada ya no es la de un hombre maduro en plenitud de facultades, sino la de un anciano en el ocaso de su vida. Se ha perdido buena parte de la fuerza y la jovialidad de entonces, también de la fascinación ante el paisaje y del goce ante lo pintoresco. A cambio nos ofrece el maestro holandés una mayor dosis de sensualidad, lirismo y poesía, adoptando una visión más serena, contemplativa e incluso ensoñada, más paladeada y trabajada con mayor plasticidad y sentido atmosférico. El arranque resulta particularmente brumoso. Hay alguna intervención solista algo blanda al llegar a la cima, muy ensoñada. La tormenta tiene menos fuerza que antes. El final, amplio y con una buena dosis de dulce melancolía, también con un punto de misticismo panteísta, mira hacia el último Strauss, el de los Cuatro últimos lieder, y se disuelve en las mismas espesas brumaas del principio. La toma sonora es un poco turbia, como suele ocurrir con las realizadas en el Barbican Hall, pero en un reproductor de SACD nos ofrece un relieve y una espacialidad admirables, así como la posibilidad de escuchar las trompas “off-stage” por los canales traseros. (9) 19. Luisi/Staatskapelle de Dresde (YouTube, 2009). Repetición de la jugada –o casi: es un poco más rápida y hay alguna que otra pifia propia del directo– por parte de Luisi y la formación de la que entonces era titular en los Proms de 2009. Hay imágenes y el vídeo es gratuito, pero esta filmación de la BBC dista de poseer la asombrosa calidad sonora del registro de estudio dos años anterior, que recomiendo con mayor entusiasmo. (9) 20. Nelsons/Ciudad de Birmingham (Orfeo, 2010). El joven maestro deja de lado toda elucubración filosófica para ofrecer una interpretación juvenil, extrovertida y de marcado carácter narrativo, decidida pero fraseada con amplitud –sin caer en las premuras de un Solti–, de sonoridad muy adecuada para el compositor y de incuestionable musicalidad. Ahora bien, se encuentra realizada con más atención al trazo global, irreprochable, que al detalle y al cuidado por exponer todo el entramado polifónico, lo que implica que hay líneas que no se oyen del todo bien, con indepenencia de que las texturas estén adecuadamente tratadas. A destacar la buena planificación de tensiones hacia la cumbre, culminando en una intensísima Visión. La tormenta es nerviosa y no poco violenta. Muy concentrado el final. La orquesta, recogida de manera no particularmente brillante por los ingenieros de sonido, funciona de manera espléndida en esta toma en público. (9) 21. Harding/Orquesta Saito Kinen (Decca, 2012). El tantas veces pretencioso y mediocre Harding nos da aquí la monumental sorpresa con una lectura de perfecto idioma, excelente trazo, buen aunque no excepcional trabajo con las texturas –espléndida la cascada– y muy considerable inspiración poética, que se encuentra llena de grandeza sin retórica en sus clímax y, en el plano conceptual, alcanza un admirable equilirio entre lo descriptivo y lo filosófico: tras una tormenta muy lograda, toda la sección final se eleva a cotas realmente emotivas de amarga reflexión sobre la condición humana. Lo menos extraordinario es quizá la sección digamos paisajística, donde sobra algún portamento y hay ciertos coqueteos con el ternurismo, aunque sin llegar a caer en él. Espléndida la orquesta (¡con Baborák como primera trompa!). La toma sonora, siendo más que notable, no es la mejor de las posibles, aunque en HD audio la percusión alcanza un relieve abrumador. (9) 22. Maazel/Philharmonia (audio en YouTube, 2014). El maestro franco-americano contaba ochenta y cuatro años –quedaban tan solo cuatro meses para su fallecimiento- cuando ofreció en el Royal Festival Hall de Londres esta Alpina que recogieron los micrófonos de la BBC y algún alma caritativa ha subido –no hay imágenes en movimiento, claro- a YouTube. Les recomiendo vivamente que la escuchen –las distorsiones y saturaciones de la toma son soportables-, porque se trata, sencillamente, de la mejor dirección de todas las aquí presentadas. ¿Diferencias de su grabación oficial en Múnich? Pues aparte de la extrema lentitud que ahora alcanza (66’50’’, todo un récord), lentitud que no supone merma alguna en la extraordinaria tensión interna de la interpretación (¡qué técnica de batuta!), el sentido de lo dramático y de lo escarpado del que hacía gala veintiséis años atrás se ve ahora ampliamente enriquecido con conceptos como la sensualidad, la delectación melódica, la nobleza y, sobre todo, la reflexión humanística y filosófica, todos ellos desarrollados en grado superlativo y expuestos en lo puramente sonoro con un lenguaje straussiano de libro, además de con una asombrosa claridad en las texturas. Cierto es que los metales de la orquesta no siempre superan las terribles demandas de la partitura, pero lo de la batuta es tan genial que el resultado no se puede calificar con menos nota de la máxima permitida. (10) 23. Thielemann/Staatskapelle de Dresde (Blu-ray Cmajor, 2014). Estaba cantado que la orquesta que estrenó la obra tenía que volver a grabarla con su nuevo titular, un Christian Thielemann que demuestra su sintonía con el universo de Richard Strauss en una recreación que, insistiendo en la línea más narrativa que profunda de un Karajan, evita caer en el excesivo ternurismo de su grabación de 2000 con la Filarmónica de Viena mientras que sigue ofreciendo colorido, elocuencia y muy acertados matices expresivos. A pesar de ello, y tratándose de una lectura de gran categoría, las cosas no terminan de alcanzar el mayor nivel posible: la introducción resulta algo nerviosa, a la salida del sol le falta grandeza, hay algún que otro momento en el que falla la concentración y, en general, se echan de menos el refinamiento de las texturas, la poesía y la magia sonora del citado Karajan. La orquesta rinde de manera formidable, aunque los metales no son comparables a los de las mejores formaciones europeas. La imagen es espléndida en Blu-ray, pero sorprendentemente la toma sonora no alcanza la calidad increíble de la interpretación de la misma orquesta con Luisi. (8) 24. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Con una orquesta sin duda superior a la de Birmingham, aunque no exenta de algunas leves vacilaciones propias del directo, Nelsons vuelve a demostrar su excelencia a la hora de interpretar la obra ofreciendo un trazo global perfecto, fuerza expresiva controlada con mano maestra, apreciable sentido narrativo y brillantez tan comunicativa como ajena a la retótica. Ahora, quizá, la Visión resulte menos extrovertida y algo más madura que antes, y si el resultado final no llega a la altura de las más grandes recreaciones fonográficas de la pieza sea porque –como en su grabación para Orfeo– se echa de menos un trabajo aún más minucioso con los detalles y con las texturas; también porque sobra alguna frase algo más sentimental de la cuenta en la primera parte de la obra y, sobre todo, porque la meditación final resulta un punto más resignada, digamos religiosa en el sentido más tópico del término, de lo que hubiera sido preferible. La toma sonora no ayuda: se queda algo corta a la hora de recoger la amplia gama dinámica que exige la partitura. (9)



Ya nos queda un día menos

14 de julio

El Rosenkavalier de Carlos Kleiber y Otto Schenk en Viena

Como también voy a ver Rosenkavalier en Múnich, en producción de Otto Schenk y con Kirill Petrenko dirigiendo, he vuelto a una filmación que adoramos la inmensa mayoría de los melómanos: la que se realizó en marzo de 1994 en la Ópera de Viena, dirigiendo Carlos Kleiber y con otra producción distinta del propio Schenk, que por cierto también había sido filmada contando con la batuta del berlinés unos cuantos años antes y editada en doble DVD por el mismo sello que esta que ahora comento, Deutsche Grammophon. ¿Qué quieren que les diga a estas alturas de semejante maravilla? Pues miren por dónde, quizá le pueda poner algunas pegas al mítico maestro: hay momentos en las que claramente se precipita –comenzando por el mismo arranque– y no deja a la música respirar como debe, y resulta muy cierto –creo que ha sido Ángel Carrascosa uno de los pocos en señalarlo– en los que se echa mucho de menos ese particular sentido del decadentismo bien entendido, esa magia sonora y, sobre todo, esa atención a los aspectos más melancólicos de la partitura que se encontraban en la descomunal, increíble grabación de Karajan de los años ochenta para DG. Dicho esto, lo de Kleiber es asombroso por su mezcla de electricidad y elegancia, por la flexibilidad de su fraseo (¡qué dominio de la agógica!), por la manera en la que maneja colores para pasar de lo sensual a lo incisivo y burlesco en cuestión de segundos, por el desarrolladísimo sentido teatral de que hace gala en todo momento, y también por un sentido del humor que sabe ser refinado y rústico al mismo tiempo, distinguiendo bien a Ochs y su mundo del de la Mariscala. Pero lo es, sobre todo por su asombroso dominio del idioma vienés, es decir, de esos valses vieneses a los que Richard Strauss homenajea de manera tan anacrónica como sugerente a lo largo de toda esta auténtica obra maestra de la lírica. Aun con los reparos antedichos, un prodigio. De la Mariscala de Felicity Lott, solo les diré que la primera vez que vi este video me emamoré de ella, y aún lo sigo estando. Su canto resulta todo lo exquisito y matizado que debe, pero lo más impresionante es el rostro, bellísimo, de esta señora: no se puede ser más elegante y más expresiva al mismo tiempo. Todos y cada uno de sus gestos faciales están calculados, en perfectísima sintonía con la música, para explicar la psicología del personaje. Si la Schwarzkopf sigue siendo la perfección absoluta en el rol desde el punto de vista vocal, Dame Felicity es la número uno en el plano dramático. Solo por verla a ella ya merece la pena tener en la estantería este vídeo. Pero hay más, claro. Por ejemplo, una excelsa Anne Sophie von Otter que desprende juventud y sano erotismo como Octavian. O una Barbara Bonney algo apurada en las notas más agudas pero deliciosa haciendo de Sophie. Por no hablar del inmenso Ochs de Kurt Moll, irreprochable en lo vocal y fantástico como actor. Estupendo nivel en los secundarios, entre los que sobresalen Gottfried Hornik y Heinz Zednik como Faninal y Valzacchi respectivamente. La producción me gusta mucho: tradicional a más no poder, respetuosa con el libreto punto por punto, suntuosa y algo más recargada de la cuenta pero muy bella en lo visual, y bien resuelta en lo que a personajes y situaciones se refiere. Entiendo que a dia de hoy cosas como esta puedan resultar un tanto anticuada, pero en una obra como El caballero de la rosa, precisamente un rendido homenaje a los tiempos pasados, disfrutar visualmente con esta Viena del segundo tercio del XVIII tan lujosamente recreada resulta un verdadero placer. La única nota negativa la pone la edición: el formato de la imagen es 19:9, pero viene sin mejora anamórfica, lo que significa que hay que hacer zoom con el televisor y se pierde definición. La toma sonora, sin ser la mejor posible, es bastante buena, y se ofrecen los muy peculiares subtítulos de Angel-Fernando Mayo. En fin, si no conocen este vídeo, véanlo inmediatamente: se trata de una de las cuatro o cinco mejores filmaciones de ópera que existen. Y ahora, abandono el blog por unos días mientras estoy de viaje. Hasta pronto.

Ópera Perú

3 de junio

Filarmónica de Berlín en el Goethe Institut

Desde este sábado 4 de junio tendremos la oportunidad de ver y escuchar la temporada de conciertos de la Orquesta Filarmónica de Berlín, en el Auditorio del Goethe Institut de Jesús María.La Filarmónica de Berlín, considerada como la mejor orquesta del mundo, cuenta desde hace un par de años con su Sala de Conciertos Digital (Digital Concert Hall). Este espacio permite a los melómanos de todo el mundo seguir los conciertos a través de Internet. El objetivo es alcanzar un público internacional que no puede asistir a los conciertos ni a las giras de la orquesta. Así como el legendario Herbert von Karajan dio a la orquesta un sonido particular que la hizo famosa a escala mundial, el actual director, Sir Simon Rattle, ha puesto énfasis en ir hacia el público con esta oferta virtual. El Goethe-Institut se ha sumado a este esfuerzo y ahora ofrece en Lima la posibilidad de poder ver y escuchar los conciertos con una excelente  calidad de video y sonido HD. El cronograma de conciertos es el siguiente:Concierto (retransmisión digital)04.06.2016 10:00 am.Bienvenidos entre nosotrosFilarmónica de BerlínGoethe-Institut PerúConcierto (retransmisión digital)11.06.2016 10:00 am.Concierto por EuropaOrquesta Filarmónica de BerlínGoethe-Institut PerúConcierto (retransmisión digital)25.06.2016Albert Roussel, Jean-Philippe Rameau & Karol SzymanowskiOrquesta Filarmónica de BerlínGoethe-Institut PerúConcierto (retransmisión digital)25.06.2016Antonín Dvorák & Franz BerwaldOrquesta Filarmónica de BerlínGoethe-Institut PerúBienvenidos entre nosotrosFilarmónica de BerlínConcierto (retransmisión digital) 04.6.2016, 10:00h. Goethe-Institut Perú Jirón Nazca 722, Jesús Maria Lima 11, Perú Niños a partir de los 10 años Entrada libre hasta completar aforo Bajo el lema “Bienvenidos entre nosotros” la Filarmónica de Berlín, la Konzerthausorchester Berlin y la Staatskapelle Berlin  desean dar una calurosa bienvenida a personas que han debido huir de sus hogares y han llegado a Alemania. La muchas veces repetida frase: La música crea puentes entre personas y culturas, se puede experimentar en este concierto. Además se da las gracias por su trabajo al gran número de voluntarios que dedicaron su tiempo para ayudarlos. Programa: Wolfgang Amadeus Mozart Concierto para piano en do menor, KV 466 Staatskapelle Berlin Daniel Barenboim – director y piano Sergej Prokofjew Sinfonía Nº 1 en do mayor op. 25 Konzerthausorchester Berlin Iván Fischer - director Ludwig van Beethoven De la sinfonía Nº 7 el Segundo y cuarto movimiento Berliner Philharmoniker Sir Simon Rattle - directorConcierto por EuropaOrquesta Filarmónica de BerlínConcierto (retransmisión digital) 11.6.2016, 10:00 Goethe-Institut Perú Límite de edad: A partir de los 10 años Ingreso libre, hasta completar aforo Este concierto por Europa nos conduce a la bellísima iglesia barroca en la ciudad minera de Røros en Noruega. Simon Rattle dirige entre otras piezas la marcial “Heroica” y el melodioso concierto para violín en mi menor de Mendelssohn. La solista, como si se tratara de un partido local, es además noruega: la virtuosa, sensible y simpatiquísima violinista Vilde Frang. Programa: Edward Grieg „Anochecer en las montañas“ Nº 4  de las piezas líricas op. 68 Felix Mendelssohn Bartholdy Concierto para violín en mi menor op. 64 Ludwig van Beethoven Sinfonía Nº 3 op. 55 „Heroica“Albert Roussel, Jean-Philippe Rameau & Karol SzymanowskiOrquesta Filarmónica de BerlínConcierto (retransmisión digital) 25.6.2016, 10:00 Goethe-Institut Perú Límite de edad: A partir de los 10 años Ingreso libre, hasta completar aforo Albert Roussel y Jean-Philippe Rameau – pese a que nacieron con 200 años de distancia – fueron hermanos en el espíritu: individualistas, sorprendentes, con un especial sentido para la coloratura. Todas estas cualidades se aprecian en este concierto tanto en “El festín de la araña” de Roussels como en “Los Boréadas” de Rameau. Simon Rattle y Daniel Stabrawa interpretan además el magnífico concierto número dos para violín de Karol SZymanowski, el cual se ubica entre el impresionismo y el folklor polaco. Programa: Albert Roussel El Festín de la araña Fragmentos sinfónicos del ballet de acción op. 17 Karol Szymanowski Concierto para violín y orquesta Nº 2 op. 61 Daniel Stabrawa - violín Jean-Philippe Rameau Piezas orquestales de la ópera “Los Boréadas” reunidos en forma de suit por Sir Simon Rattle. Antonín Dvorák & Franz BerwaldOrquesta Filarmónica de BerlínConcierto (retransmisión digital) 25.6.2016, 10:00 Goethe-Institut Perú Límite de edad: A partir de los 10 años Ingreso libre, hasta completar aforo Melancólica, pero al mismo tiempo enérgica y nunca sentimental es como se presenta la séptima sinfonía de Antonín Dvorák.  Domina sobre todo la fusión de diferentes estados de ánimo, como el nostálgico y al mismo tiempo scherzo bailable. Además Herbert Blomstedt dirige un redescubrimiento: la tercera sinfonía de Franz Berwald, una pieza atrayente, que a veces recuerda a Mendelssohn y que la Filarmónica de Berlín tocó por última vez en 1950. Programa: Franz Berwald Sinfonía Nº 3 en do mayor Antonín Dvorák Sinfonía Nº 7 en re menor op. 70 Dirige: Herbert Blomstedt 

Herbert von Karajan
(1908 – 1989)

Herbert von Karajan (5 de abril de 1908 - 16 de julio de 1989), fue uno de los más destacados directores de orquesta austriacos del periodo de postguerra. Dirigió la Orquesta Filarmónica de Berlín durante treinta y cinco años. Realizó más de 900 grabaciones y en el mundo ha vendido más de 300 millones de discos.



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