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Música Clásica y ópera de Classissima

Herbert von Karajan

domingo 22 de enero de 2017


Pablo, la música en Siana

Ayer

Creciendo con Beethoven

Pablo, la música en SianaViernes 20 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 "Orígenes II", OSPA, Leon McCawley (piano), Manuel López-Gómez (director). Obras de Beethoven. Más de cincuenta años creciendo con la música de Beethoven y nunca me ha fallado, desde las sonatas pianísticas, solas o con violín, los cuartetos, los conciertos para piano donde el "Emperador" sigue reinando pero sobre todo sus sinfonías que he ido ampliando en todos los formatos disponibles (a excepción del Blu Ray tras el fiasco del Laser Disc). Crecimiento vital y formación perpetua para intérpretes de todo tipo, sin olvidar a melómanos empedernidos e igualmente aficionados recién llegados. Con los años vamos descubriendo nuevos detalles, madurando, probando versiones de todo tipo, desde Karajan y su berlineses en vinilo (o cassete) antes de sus posteriores grabaciones, pasando por Bernstein hasta la integral de Harnoncourt en CD por citar tres de mis referentes en las nueve sinfonías al completo, pugnando por "tener que elegir"  una cuando todas las impares se imponen (aunque La Cuarta de Solti daría para una entrada propia), imprescindibles y dependiendo del momento emotivo. Este frío viernes de enero retomaba mi "normalidad" con un monográfico del sordo genial donde un joven director venezolano de la misma cantera que otros más mediáticos (del que fue asistente), famosos o conocidos se ponía al frente de una OSPA reforzada en la cuerda por ocho jóvenes alumnos del CONSMUPA para interpretar "La séptima" como plato fuerte, un Coriolano para abrir boca y "el tercero de piano" con un inglés que regalaría a Rachmaninov tras una limpia ejecución a la que le faltó el ímpetu juvenil que brilló y dio calor. Beethoven para crecer y seguir manteniendo el espíritu juvenil, casi vampirismo musical de aficionado transmitido desde un escenario que rebosaba ganas e ilusión recompensado por un público agradecido que volvió a llenar unas butacas preocupantemente vacías en el ya fenecido 2016. Entrando en detalle quiero comenzar por el Concierto para piano nº 3 en do menor, op. 37 (1800-1803) con Leon McCawley de solista (las notas al programa de Ramón Avello están enlazadas en el título de cada obra). De entrada la orquesta quedó "menguada" para ajustar sonoridades en esta pugna dinámica entre unos y otro, con un Manuel López-Gómez atento al detalle, buen concertador y controlando de principio a fin estilo, dinámicas y tempo que pareció contar con una pulsación algo distinta del británico, siempre un instante adelantado en el Allegro con brio plenamente mozartiano, con algún sobresalto en un pedal que pareció buscar precisamente la bruma que se iría disipando a lo largo de los dos movimientos siguientes y tras unos solos donde pudo recrearse. El bellísimo Largo resultó pulcro desde ese solo inicial, con un trabajo sonoro en las notas sueltas cinceladas con una independencia inusitada y una orquesta etérea vistiendo el cristalino devenir pianístico, la transición del Clasicismo al Romanticismo que Beethoven parece conjugar en este tercero estallando en el Rondó: Allegro de firma propia, perfectamente encajado y dialogado, equilibrios sonoros y entendimiento de todos los intérpretes, en un concierto que fue de menos a más aunque no llegó a emocionarme. Se hizo algo de rogar McCawley antes de regalarnos "un Rachmaninov" donde pudo demostrar su sonido y técnica limpia en uno de los últimos románticos del siglo XX. Pero el Beethoven sinfónico resultó lo mejor porque parece que el dicho "no hay quinto malo" también se aplicó en este abono que sigue rindiendo culto a los orígenes. Coriolano, obertura, op. 62 (1807) presentó una plantilla ideal de cuerda, con los jóvenes refuerzos y algunos que "descansaron" en este programa (aunque también hay maestros que se van  jubilando dejando paso a la savia nueva) dando un paso al frente los principales como solistas" para conseguir esa sonoridad completa y una "disposición vienesa" más apropiada que nunca con los contrabajos detrás de los violines primeros, trompas (hoy excelentes) y trompetas (de llave) a pares flanqueando a clarinetes y fagotes, traverso de madera con los oboes más los timbales atrás a la derecha. El trabajo de Manuel López-Gómez (entrevistado en OSPATV) se notó desde el arranque, gesto claro, preciso, pulsión sin decaer en un Allegro con brio literal, explorador del sonido en todos y cada uno de los detalles y secciones con la ventaja de una partitura memorizada que le permitió volcar todo esfuerzo en la interpretación sin perderse ni una nota, ni una entrada, ni un matiz, incluso los silencios resultaron musicales. Ímpetu juvenil y dramatismo (en esa tonalidad tan "intrigante" como do menor) transmitido por una OSPA entregada. Si la obertura puso las cartas boca arriba de los recursos e ingredientes perfectos, era de esperar que la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (1811-1812) resultase modélica por estilo, color, tiempos ajustados a la propia partitura, de la que afloraron notas a menudo oscurecidas pero que el equilibrio dinámico permitió degustar y disfrutar nuevamente desde la total concentración del director venezolano. Luminoso Poco sostenuto - Vivace con pulsión y matices amplios, protagonismos compartidos, tímbricas deslumbrantes y esa rotundidad de los graves más presentes que nunca (por ubicación, cantidad y calidad) con la limpieza de cada nota en el tiempo más movido. Emocionante el Allegretto, romanticismo sinfónico sin edulcorar, una cuerda que sonó y protagonizó uno de los momentos cumbres de la noche, violas, segundos, cellos y contrabajos hasta los primeros en un crescendo que desemboca en un tutti desgarrador sin perder nunca presencia los dos temas. Y unir el Presto con el Allegro con brio ayudó a una coherencia interpretativa por parte del maestro López-Gómez que fue secundada en todo momento por una OSPA madura, confiada, entregada, dejándonos una expléndida séptima, coloridamente cristalina y sin concesiones a la galería, el empuje que no decae, empuje jovial y juvenil, plenitud orquestal que transmite esta joya sinfónica, musicoterapia que sube los ánimos de intérpretes y el público, y así lo entendió el respetable que disfrutó agradeciendo con largos aplausos obligando al venezolano a salir varias veces. Esperamos repita visita y tomemos nota de esta batuta porque está llamada a una larga carrera de éxitos.

Ya nos queda un día menos

4 de enero

Novena de Beethoven por Dudamel: apolínea y consoladora

Cuantas más cosas le escucho, menos comprendo a Gustavo Dudamel. No tengo nada claro qué clase de músico es. En algunas ocasiones se muestra como el más poético, inspirado y hasta genial de los directores de la más pura tradición centroeuropea, como ocurre en sus conciertos para piano de Brahms dirigiendo a Barenboim. En otras, como en la Segunda de Mahler o en la Sinfonía del Nuevo Mundo, parece querer demostrar que a vulgar, hortera y pretencioso no le gana nadie. A veces el fuego interno, el empuje y las ganas de comunicar (¡arrolladoras!) de su batuta le hacen pasar como una apisonadora, olvidando dejar cantar a la música, explicar al oyente las texturas y destilar sensualidad, algo que algunos hemos querido ver en su recientísimo Concierto de Año Nuevo. Y a veces ocurre todo lo contrario: se muestra tan apolíneo, tan equilibrado, tan cuidadoso y tan elegante que se echan de menos esa garra, ese sentido de los contrastes y esa fuerza expresiva que toda música necesita. Es lo que ha sucedido en los Cuadros de una exposición que aquí comenté, y lo que se advierte, siempre a mi entender, en esta Novena sinfonía de Beethoven registrada en Caracas en abril de 2015 editada por el propio artista –o por su orquesta, no queda muy claro–, y que probablemente es la que el diario El País piensa poner pronto en circulación. Es esta una Novena muy hermosa. La sonoridad que extrae de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar no es la más beethoveniana de las posibles, pero sí es cálida, sensual incluso, muy equilibrada entre las diferentes familias y poseedora de cierta impronta centroeuropea que no se aprecia, por ejemplo, en las brillantísimas orquestas norteamericanas. El fraseo es amplio, noble y elocuente: a veces parece que estamos escuchando a Colin Davis. El trazo es refinado, atento a las todas las líneas instrumentales y muy cuidadoso con las dinámicas. Todo en una línea absolutamente tradicional: ni un solo guiño a la corriente historicista. Sin embargo, falta algo. Algo que en modo alguno tuvieron o tienen todos los grandes directores de la tradición, ni siquiera la mayoría, pero sí los más grandes: esa combinación de sentido dramático, hondura filosófica y carácter visionario que convierten la audición en una experiencia mucho más allá de la mera delectación en la belleza sonora. El primer movimiento está muy correctamente planificado (¡qué bien se escuchan las figuraciones de la cuerda sin que se pierda el carácter brumoso en el arranque!), pero se echan de menos ese desgarro trágico, ese impulso desesperado que lleva hasta unos clímax abrumadores, esa sinceridad expresiva de las interpretaciones que todos tenemos en mente. Algo parecido ocurre con el Scherzo, que no suena mecánico pero sí un tanto insulso. En el Adagio molto e cantabile Dudamel se pone las pilas y destila un sentido melódico admirable, pero de nuevo algo no termina de funcionar. La sonoridad no solo es bella, sino también un punto blanda, por momentos relamida por la abundancia de portamentos. Poco a poco el maestro se va centrando, pero al llegar a los dos grandes clímax del final del movimiento, esos metales que interrogan al Más Allá no suenan con el desgarro desesperanzado que deben. El desesperanzado silencio que obtienen por respuesta no posee sentido dramático. No pesa. Lo mejor esté en el Himno a la Alegría. Nada dramático, desde luego. Tampoco épico o militarista (imposible aquí olvidar los horrorres filonazis de Karajan). Simplemente luminoso, optimista, risueño. Magníficamente cantado por la cuerda y expuesto con elegancia, aunque también algo descafeinado. Con todo, hay un pasaje verdaderamente mágico, ese en el que el coro dice aquello de "¿Os postráis, millones de criaturas? ¿No presientes, oh mundo, a tu Creador?". Aquí sí, aquí Dudamel se eleva altas cotas de inspiración. Quizá porque se siente más a gusto con el trasfondo afirmativo de la interrogación que con los terrores, las inquietudes y los desafíos al Altísimo que le han precedido. Al final, la suya resulta ser una Novena consoladora. Insisto en que muy bella. Y en exceso plácida. Ah, muy digno el cuarteto (Mariana Ortíz, J’nai Bridges, Joshua Guerrero y Soloman Howard) y bastante buena pero no óptima la toma sonora, que circula en formato de alta definición. Si pueden, escúchenla. No parece Dudamel. Mejor dicho: es otro Dudamel. Uno de los posibles.




Ya nos queda un día menos

2 de enero

Dos discos de Valses y polcas en Berlín (y II): Fricsay

El segundo disco que comento con obras de Johann Strauss hijo –menos la Marcha Radetzky, que es del padre– grabado en Berlín es el que editó DG en 1961 con Ferenc Fricsay al frente de la Radio-Symphonie-Orchester de la entonces capital de la RFA. La verdad es que la orquesta era por aquellas fechas una formación de mediana categoría, muy por debajo de la opulencia sonora de la Berliner Philharmoniker del CD Karajan que ya comenté. La toma sonora, más bien distorsionada, también está lejos del ideal. Pero interpretativamente hay aquí verdaderas joyas. La obertura del Murciélago abre el disco. Sin ser una interpretación con especial chispa ni electricidad, y pese a un vals al que le falta un punto de impulso, lo cierto es que uno no puede resistirse al fraseo insinuante, erótico por momentos, del que hace gala una batuta que paladea las melodías con delectación y juega muy bien con los rubatos y los silencios. En la Annen-Polka de nuevo nos encontramos ante un fraseo curvilíneo e insinuante a más no poder, lo que unido a una buena dosis de empuje y decisión da como resultado una portentosa lectura que deja bien claro que la ligereza bien entendida no tiene que resultar sinónimo de preciosismo o amaneramiento. Claro que el plato fuerte del disco es un Vals del Emperador dicho con una mezcla de elegancia, lirismo y agilidad fuera de lo común, fraseado con un vuelo melódico embriagador y con un perfecto uso del rubato, hasta desembocar en una sección final mágica, de una poesía melancólica –en absoluto decadente– pocas veces escuchada. La Polca Tris-Tras también recibe una irresistible recreación, trepidante a más no poder y con una chispa incomparable, aunque es verdad que de tanto frenesí las líneas no están del todo clarificadas. Lo que menos convence es la Marcha Radeztky, que para algunos paladares puede resultar frivolona, pimpante incluso; también sorprende de manera negativa que la orquestación no sea la habitual, sino la realizada por un tal Ertl. Aunque ofrece una buena dosis de sensualidad y de ensoñación bien entendida, no es la del Danubio azul una interpretación dentro de la línea vienesa ortodoxa, es decir, ante todo elegante, refinada, aérea y con un grado de decadentismo; resulta más bien viril, decidida y entusiasta, diríase que carnal más que espiritual, o fogosa antes que lírica, pero en cualquier caso muy comunicativa. Viene a continuación una Éljen a Magyar de antología, llena de brío, de humor y también del aquí necesario sabor húngaro, aportando la orquesta un punto de rusticidad que otorga un sabor muy atractivo. Cuentos de los bosques de Viena, en interpretación muy en la línea de la del Danubio azul, cierra este disco estupendo aunque difícil de encontrar. Permítanme que les dé envidia: lo pillé por 1 euro en "La metralleta". Claro que quizá ustedes lo puedan localizar en algún otro sitio...

Ya nos queda un día menos

31 de diciembre

Dos discos de valses y polcas en Berlín (I): Karajan

Voy a comentar dos discos con obras de Johann Strauss hijo grabados con orquestas de Berlín por la Deutsche Grammophon. Uno de ellos se editó en 1961 y cuenta con Ferenc Fricsay al frente de su habitual Radio-Symphonie-Orchester Berlin; de él hablaré otro día. Ahora vamos a por el que salió al mercado en 1981 protagonizado Herbert von Karajan y su Berliner Philharmoniker bajo el título Kaiser-Walzer. Formaba parte de un tríptico con el que el maestro de Salzburgo se apuntaba rápidamente a grabar este repertorio en digital en un momento en el que ya dos conciertos de Año Nuevo, Boskovsky y Maazel, se habían grabado en este sistema. No tuvo suerte: la toma resultaba un poco confusa, aunque desde luego los ingenieros recogieron a la perfección la tremenda gama dinámica desatada por su batuta. Pero vamos a por los resultados puramente musicales. El disco arranza con el Vals del Emperador. Uno no puede dejar de asombrarse ante la opulencia sonora desplegada, con esa cuerda grave tan característica de la Filarmónica de Berlín, ni ante la perfección con que la obra está ejecutada. Pero lo cierto es que aquí Karajan hace de las suyas: contrastes dinámicos excesivos, trompetas no ya brillantes sino marciales, un blandengue portamento en el violonchelo en el arranque de la coda, unos redobles de timbal exageradísimos en el final... Ya veremos que, aun siendo mucho menos bella en lo sonoro, la interpretación de Fricsay es muy superior. Venturosamente, a partir de aquí el maestro destapa el tarro de las esencias y ofrece lo mejor de sí mismo. Deliciosa y con muchísimo encanto la Trisch-Trasch Polka. Esa maravilla que es Rosas del Sur recibe una interpretación que sabe mezclar sensualidad y entusiasmo, además de belleza sonora a raudales, sin dejar espacio para el decadentismo mal entendido. De antología la obertura de El Barón gitano, diseccionada al milímetro y dicha con una convicción, una fuerza, una agilidad –impresionante el vals– y también una magia digamos que zíngara verdaderamente insuperables; con la excelencia de los resultados tiene mucho que ver una cuerda grave ideal para los momentos más potentes y tempestuosos de la página, como también unas maderas que frasean de manera sublime en sus solos. La Annen-Polka es toda una lección de coquetería y ligereza bien entendidas, aunque en su increíble Concierto de Año Nuevo de 1987 Karajan dará todavía una vuelta de tuerca más a la página. En Wein, Weib, Gesang (prefiero no traducir el machista título, que todos ustedes conocen) el maestro destila vuelo melódico, poesía y belleza sonora a manos llenas. Queda una pieza en el programa: la celebérrima polca rápida A la caza. Suena muy flácida y desganada. También parece estar grabada a volumen mucho más bajo, sin relieve y con los micrófonos a cierta distancia. ¿Quizá las insuficiencias de la interpretación se deban en parte a los problemas de la toma?



Ya nos queda un día menos

28 de diciembre

El Concierto de Año Nuevo de 1980

Por dos euros me compré de segunda mano un disco hoy dificilísimo de localizar: Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena de 1980, primero bajo la dirección de Lorin Maazel y también primero de los editados comercialmente por Deutsche Grammophon. ¿Y qué me he encontrado en él? Pues a un señor que rozaba la cincuentena abordando un repertorio en el que era absolutamente bisoño, pero con ganas de demostrarle al mundo que, cuando le apetecía, podía poner su técnica descomunal al servicio de la más portentosa inspiración. Y lo consiguió. Se abre el disco con una obertura del Murciélago llena de libertades en el fraseo, por ello un tanto discutible, pero buen aperitivo antes de una Neue Pizzikato-Polka llena de gracia y con unos rubatos aplicados en su punto justo. Y es que Maazel, aun desbordando creatividad, poseía el secreto del lenguaje "de lo vienés", como demuestra a continuación en un Perpetuum mobile de auténtica antología, una mezcla de chispa, frescura, agilidad y refinamiento para quitarse el sombrero, por no hablar del absoluto virtuosismo de su batuta. Sin ser la más inspirada interpretación posible, Wiener Blut deja bien claro cómo el maestro aborda los valses, antes con elegancia e impulso que buscando la opulencia o la rotundidad sinfónica, pero en cualquier caso destilando la más grande belleza sonora. Esto no impide que apueste por la garra y la energía cuando este repertorio lo exige, junto lo que ocurre con un Banditen-Galopp trepidante a más no poder: otra de las cimas del concierto. Tras una refrescante y deliciosa Eingesendt, polca rápida de Josef Strauss, viene Jacques Offenbach con su obertura de Orfeo en los infiernos. ¡Qué maravilla! Toda la dirección es un prodigio de refinamiento, elegancia y poesía, pero aquí habría que destacar muy especialmente a la orquesta, con unas maderas memorables en la primera sección lenta y unos violonchelos, inconfundibles, que son para derretirse. No hay comparación entre la Wiener Philharmoniker de entonces y la de ahora. Y es que por aquella época, la más gloriosa quizá de toda su trayectoria, la dirigían un día Böhm, el otro Karajan, el siguiente Kleiber y uno más tarde Bernstein. Vuelta a Johann Strauss II con la Marcha del Kaiser Franz Joseph I, entusiasta a más no poder, y con una Fata Morgana dicha con un fraseo melódico y embriagador. La polca rápida Loslassen! de Carl Michael Ziehrer es una pieza menor, pero dicha así, en plan festivo a tope, es una delicia. Estupendo el Danubio Azul y todavía más la Marcha Radetzky, en la que curiosamente las palmas del público sólo se incorporan al final. ¿Algo negativo? La toma sonora podría ser mejor. Y faltan muchas piezas: el disco solo dura una hora.

Ya nos queda un día menos

7 de octubre

Solti con piloto automático: Octava de Bruckner

Hce pocos días el lector Nemo me comentaba que a veces Sir Georg Solti parecía poner el piloto automático. Le replicaba yo que, aun tratándose de un enorme director, esto no dejaba de ser verdad, sobre todo en los últimos años de su trayectoria. Como ejemplo de ello he querido traer esta Octava de Bruckner con la Chicago Symphony que pude conocer en su momento (¡muchas gracias, Radio Clásica!) y ahora he tenido la oportunidad de repasar. Registrada en vivo, con espléndida toma sonora, en San Petersburgo en noviembre de 1990, los resultados dejan bien claro que, al igual que el maestro maduró como director bruckneriano –y se diría que como intérprete en general– en los años ochenta, algo de lo que daba buena cuenta su maravillosa Séptima de 1986, a partir de entonces su batutaría empezaría a perder el nivel alcanzado. Por descontado que en esta Octava la planificación es portentosa; que la polifonía está plenamente atendida; que la claridad es admirable; que el fraseo resulta tan natural como concentrado –ni nerviosismo ni precipitaciones, como tampoco blanduras ni languideces–; que los picos de tensión se alcanzan con una lógica portentosa; y que la increíble sección de metales de la orquesta norteamericana está plenamente aprovechada para ofrecer una brillantez fuera de serie sin que ésta, en modo alguno, traiga consigo la ampulosidad o el exceso de retórica. Y sin embargo, el maestro falla. Aunque no es él precisamente, por su propia personalidad interpretativa, quien vaya a regatear los aspectos más dramáticos y escarpados de la partitura, la falta de inspiración se deja notar. Todo suena un tanto líneal, frío, distanciado, los clímax resultan más externos que sinceros y la sensualidad y la hondura humanística se pierden por el camino. En el Finale se consiguen los mejores momentos, aunque éste tampoco es redondo y la coda decepciona de manera considerable: suena equivocadamente épica. ¿Mi versión favorita? Difícil escoger, aunque quizá me decante por la filmación de Karajan con la Filarmónica de Viena en San Florián.

Herbert von Karajan
(1908 – 1989)

Herbert von Karajan (5 de abril de 1908 - 16 de julio de 1989), fue uno de los más destacados directores de orquesta austriacos del periodo de postguerra. Dirigió la Orquesta Filarmónica de Berlín durante treinta y cinco años. Realizó más de 900 grabaciones y en el mundo ha vendido más de 300 millones de discos.



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